El aire de la calle

Estoy en una sala de color rojo. La música está muy fuerte. Esto no parece una oficina normal. Se va juntando cada vez más gente en esta sala. Hace calor. Nos miramos intentando hacer que no nos miramos. Disimulamos las miradas. Pero pensamos lo mismo. Sabemos que esto no pinta nada bien. Nos llaman de uno en uno. Mientras, el resto, espera que llegue su turno.

Sabemos que de ahí no va a salir nada. Pero estamos con nuestro currículum y la esperanza de que no sea una oferta de empleo basura.

Pienso en si alguien pensará que somos rivales. En si, de verdad, alguien pensará en que es una oferta de empleo de verdad importante.

Yo repaso, una a una, las caras de cada persona. La ropa. La ropa que eligieron para la entrevista de trabajo. Cómo llevan su currículum. Las zapatillas. Los zapatos. El folio doblado. El optimismo. El cansancio. La resignación. La desgana.

No somos rivales. Estamos en el mismo barco. En el de las personas en búsqueda de lo que sea, de lo que salga.

Y sé, que cada una de esas personas –yo también- vale mucho más que ese puesto fantasma. Me río por dentro. Me río por no llorar.

Mientras tanto, fuera, en las calles, jóvenes protestan por la carga policial a menores que el día anterior se manifestaron por los recortes en educación. Me crucé la manifestación mientras iba a la entrevista. No había mucha gente, pero parecía que se iban uniendo cada vez más personas.

¿Qué mundo es este?

Apunto en un formulario mis datos personales. Mis estudios. Mis últimas experiencias.

Me recuerda a los formularios que rellenaba cuando aún era estudiante y buscaba un trabajillo para sacarme algo de dinero.

Ahora tengo 27 años. Una licenciatura que parece que no sirve absolutamente para nada y un máster que nadie valora. He trabajado en Valencia, en Madrid, en Bologna, en la sierra de Salamanca. Me he adaptado a trabajos y funciones muy diversas. He colaborado y colaboro con asociaciones y publicaciones sociales y sigo buscando nuevos proyectos de los que formar parte.

Salgo a la calle a protestar por las cosas que creo injustas. Protesto por Internet. Me quejo.

Me da igual ya que mis opiniones se sepan de forma clara. Hace tiempo que dejé de creer que los periodistas y las periodistas no podemos tener un punto de vista y una opinión. Me da igual si no me contratan en un puesto de trabajo por mi opinión, por mi activismo, por mis ganas de luchar contra una situación social que nos está ahogando.

En estos momentos, las ideologías han trascendido. Ahora luchamos por el derecho a vivir. Pan, casa, destino, camino.

El aire se hace irrespirable en esta sala roja. La cristalera está sucia. Una chica rubia y alta que trabaja en esa extraña empresa sonríe a cada persona que entra. Preguntan por Sara. La música está muy fuerte. Ella canta. Los Cuarenta Principales a todo volumen.

Parece que la espera va para largo. Abro el libro que llevo en el bolso y empiezo a leer. No consigo concentrarme con esa música. Con esa atmósfera asfixiante.

Por fin me llaman. Me llevan a una sala casi vacía. Sólo una mesa y un portátil. Un hombre me intenta explicar de qué va el trabajo. No habla muy bien español y casi no consigo entender sus palabras. Coge mi currículum. Es la primera vez que lo ve. Casi no le presta atención. No importa el tiempo que dedicara a elaborarlo.

Me explica cosas que no tienen sentido. Me hace preguntas que no tienen sentido. Habla de crecimiento, de avanzar en la compañía. Me habla de la factura de la luz. De la energía. De ahorrar dinero. Escribe por detrás de mi currículum y me hace un esquema del funcionamiento de esa empresa. Una empresa que no se dedica a nada. Me habla de tener una empresa propia en seis meses. Le pregunto sobre mis funciones y sobre el puesto de trabajo que supuestamente están ofreciéndome. Habla. Habla. Habla sin parar. No dice nada.

Me llamará sobre las siete de la tarde para decirme si he sido seleccionada. De ser así, mañana tendría una prueba que durará todo el día.

A mí no me importa. Sabía de antemano que era una oferta trampa. Otra oferta más en la que hablan de comunicación cuando quieren decir comercial sin sueldo ni oficina.

Me marcho sonriente. Por dentro, tengo ganas de llamarles de todo. De gritar.

Salgo de aquel despacho vacío. Miro a toda la gente que está en la sala de espera. Me dan ganas de decirles: no perdáis vuestro valioso tiempo, salid a la calle. Por lo menos, hay aire.

Me voy. Sonrío a aquella mujer rubia que cantaba.

Salgo a la calle y respiro por fin. Con ganas de llegar a casa, ponerme cómoda y descansar. Al llegar a casa, en Internet hablan de la manifestación que me crucé al medio día. Parece que se ha convertido en multitudinaria.

Acaba de sonar el teléfono. Parece que me han seleccionado. No tengo un duro. Pero aún me queda algo de dignidad para ir tirando.

La gente sigue manifestándose. Y seguiremos haciéndolo.

Todo mi apoyo a los menores, jóvenes, familias, profesores y profesoras que se han manifestado. A veces, tengo la sensación de vivir todo esto como si fuera mentira…

Para quien no sepa muy bien de qué va el tema de la manifestación: #IESLluisVives

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s