Mi patria en mis zapatos

Nunca me gustaron las banderas. Nunca entendí los nacionalismos, aunque siempre haya defendido el derecho a la autodeterminación. Quizás sea porque no me siento de ningún lugar y de muchos a la vez. Será porque vivo en Italia y también soy (in/e)migrante. Será porque cuando decidí emigrar a Uruguay muchas personas me abrieron las puertas de sus casas como nunca había visto en Europa.

Si me preguntan de dónde soy, respondo de España, de Valencia. Allí nací, allí crecí, allí tengo a tanta gente que quiero. Pero luego, cuando hablo de España, de dónde vengo, sin saber cómo, acabo hablando de “mi” pueblo – supongo que ese “mi” refleja de dónde me siento-. Ese pueblo perdido en la sierra de Salamanca en el que nacieron mis abuelos y en el que he vivido tantas cosas, tantos veranos, tantas infancias, tantas adolescencias…

Nunca me gustaron las banderas porque ponen límites. Nunca me gustaron las banderas porque marcan territorios. Porque determinan poderes. Nunca me gustaron las banderas porque son símbolos de fronteras.

Nunca me gustaron las banderas porque casi siempre, detrás de cada bandera, detrás de cada límite de la tierra, hay una historia de guerra, una historia de sangre. Esas guerras que se inventaron para imponer el poder, para tener razón aunque no hubiera razones, para imponer religiones o sistemas económicos. Esas guerras que se inventaron para robar, para humillar, para dominar… Desde el Imperio romano a la invasión a América o el vergonzoso reparto de países de África. Y los pueblos siguen pagando las consecuencias de la avaricia humana sin límites.

Hemos pasado muchas guerras y aún seguimos sin encontrar una solución. Llamamos “luchar por la paz” a guerras que matan a niños y niñas, a mujeres y hombres inocentes. Nos sorprendemos de que los radicales a quienes vendimos armas vengan a nuestros países y nos maten. Y matamos en nombre de la democracia y la libertad.

Discúlpenme si no ondeo una bandera de Francia, ni de España, ni la de ningún país. Porque esta no es mi guerra, esta es mi gente. Sus armas, esas armas que han vendido para hacer negocio, nos están apuntando. Esas armas están apuntando a gente de todas partes. Esa gente que somos nosotros. Nosotras.

Y no pondré ninguna bandera en ningún lugar. Mi patria siempre estará en mis zapatos.

Y seguiremos siendo utópicas y soñadoras las personas que no queremos más armas, las personas que no queremos más violencia. Seremos utópicas las personas que creemos que la violencia nunca puede ser solución a la violencia.

Pero para eso sirve la utopía, para caminar.

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