A medias

Hoy es el día mundial del amor. Las parejas están más enamoradas que nunca, todo sabe a bombones y parece que hay rosas por todas partes…

Hay otras personas –tengamos o no pareja- a las que todo esto nos sabe a negocio empalagoso. Tanto que deja de saber bien. Andas por la calle y no se ven más ofertas para parejas y corazones en los escaparates. Durante estos días, he pasado varias veces por un bar en el que hay un gran cartel que dice:

“Ya estamos preparando nuestro menú especial para San Valentín. Ven si estás enamorado”

¿Y si no lo estás? Hoy no existes para nadie.
Encima se acercan los 30, los 40.
O se han pasado ya.
Se te está empezando a pasar el arroz para ser madre… ¡oh! ¡Peligro!

Sí, ya no es como antes, el matrimonio o ser monja ya no son las únicas opciones de vida para una mujer. Sin embargo, la sociedad te sigue obligando a formar una familia (matrimonio heterosexual, por supuesto), aunque sea de forma más sutil.

¿Cuántas veces os han preguntado con cara de pena si tenéis pareja? Aquí tengo que señalar que a las mujeres nos lo preguntan muchísimas más veces y, sobre todo, con más cara de pena. Se da por hecho que quieres tener novio y, si no lo has conseguido, se convierte en una especie de fracaso personal -aunque para ti no lo sea-.

Por muy bien que estés, es como si te faltara algo…

Pero a mí casi me preocupa más otra cosa: una vez encuentras tu media naranja y consigues encajar, parece que no existe nada más en el mundo…

¿A cuánta gente conocéis que se haya transformado en un pack indivisible al tener novio o novia? Sí, esa gente que ya no sabe lo que es la primera persona del singular. O que, cuando vas por la calle, no son capaces ni de soltarse de la mano para dejar pasar a alguien.

¡Ay, qué pereza me da todo esto! ¿Será que me he vuelto muy fría con el paso del tiempo?

No llevar una vida de pareja tradicional puede tener muchas ventajas, pero en nuestra sociedad, aún implica sentirte fuera de lugar. La cultura tiene mucha culpa en ese sentimiento. Las historias de amor romántico nos invaden por todas partes y de mil formas. Todo el mundo está destinado a buscar al ser perfecto que jamás nos abandonará… ese amor incondicional. Esa persona por la que daremos todo lo que somos e, incluso, nos convertiremos en otras personas diferentes si es necesario. Todo para que no nos abandone.

Cuando se habla de “media naranja” yo estoy convencida de una cosa. El amor romántico es el que nos parte por la mitad y nos exprime. El amor es el culpable.

Una aclaración:  Esto no es una pataleta de San Valentín. No creo que el amor sea malo, todo lo contrario, debería ser una de las mejores cosas de la vida. Estoy hablando de lo que entendemos por “amor”, del ideal de amor romántico que se festeja hoy.

Ese amor (y, sobre todo, el desamor), tal y como lo hemos aprendido y nos lo han vendido, es una mierda. Nos hace dependientes, saca lo peor de nosotras y nosotros, baja nuestra autoestima y nos hace sentir insignificantes e incompletos o incompletas. Como si no valiéramos nada si no tenemos a alguien al lado para que nos lo recuerde.

Voy a reconocer que cuando era adolescente (antes de que Jarabe de Palo sólo tuviera una canción) me gustaban muchas canciones que ahora escucho y me horrorizan. Pero, ¿a quién no le ha gustado una canción muy, muy, muy romanticona a esas edades?

El problema es que luego pasa el tiempo y la vida no es tan dulce como nos la cantaban. Y puede que las canciones que escuchabas ya no te gusten e, incluso, te rías de ellas. Pero el mal está ya hecho. Ahí siguen, en algún lugar de ti… Las canciones pueden hacer que nos derrumbemos, que nos desahoguemos, que soñemos o que nos ilusionemos. La música tiene un gran poder dentro de una parte de nosotras y nosotros mismos casi sin que nos demos cuenta.

¿Quién no ha tenido un buen día hasta que ha escuchado una canción triste y le ha dado un bajón tremendo e inesperado?
¿Quién no ha escuchado una canción que le subiera el ánimo en un día con poca energía positiva?


Después están esos días grises. Esos días en los que estamos fatal y sólo nos apetece escuchar las canciones más tristes. Creo que son las que más tirón tienen… no sé si será una cuestión de catársis o porque son las que más nos enganchan, pero parece que si hay algo que atrapa más que el amor es el desamor.

Os dejo algunas canciones que me han venido a la mente sin pensar demasiado…  Como podéis observar, no tienen nada que ver unas con otras (época, estilo, calidad…), pero los mensajes tienen muchas cosas en común…

Que me quedes tú, Shakira

Piensa en mí, Luz Casal

Desesperada, Marta Sánchez

Tonta, Conchita

Lo dejaría todo, Chayanne

La fuerza del corazón, Alejandro Sanz

Laura Pausini, Se fue

Cuando yo quiera has de volver, Manolo García

¿Me ayudáis a continuar la lista? Si queréis, también podéis escribir comentarios con el título o el enlace a canciones que hablen del amor desde una perspectiva diferente. Sé que es más complicado, pero… puede ayudarnos mucho.

Al fin y al cabo, ¿quién no ha sufrido un desamor?


Redes con visión de género

Últimamente, están aumentando las publicaciones de calidad y alternativas en la web. Las mujeres estamos encontrando utilizando Internet para alzar nuestra voz, luchar por nuestros derechos y hablar de los temas que de verdad (nos) importan.

Uno de los proyectos más interesantes que he encontrado en la red en el último año es la revista UNA Redes con Visión de Género. Desde este mes de octubre, está disponible el tercer número de la revista y estoy más que contenta porque  me han publicado un artículo. Quiero felicitar a Andrea Secchi, Paula Mattio y Mónica Aldegunde, creadoras de  UNA, por su dedicación y por el resultado que han conseguido con cada número de la revista.

Os invito a conocerla, es chulísima…


La novia-madre perfecta

Muchas mujeres, en alguna ocasión de nuestra vida, nos hemos convertido sin quererlo en una especie de novia y madre perfecta. No sé muy bien a qué se debe ni de dónde surge pero es algo que últimamente estoy observando a mi alrededor…

La construcción cultural del amor y las relaciones aún sigue siendo una de las cuestiones de género más difíciles de cambiar. Los afectos y las formas de relacionarnos son producto de una educación y de una construcción cultural que hemos ido asumiendo y asimilando desde que nacemos. A las mujeres nos enseñan a cuidar y a los hombres a ser cuidados. Sí, ellos deben protegernos de los grandes peligros, ser nuestros “héroes”, pero en la vida real y en el día a día, quienes cuidamos (o quienes “debemos” cuidar), somos las novias-madres perfectas.

Creo que esto da como resultado el mito de una especie de “novia-madre”, que en realidad es la “novia perfecta”. Ese prototipo de chicas que no son para una noche loca, sino para algo más. Una madre para sus hijos y una mujer que sepa cuidar de ellos, consolarlos y darles ánimos cuando están mal. Una mujer que se quede cuidando de ellos un sábado por la noche cuando están enfermos. No estoy hablando ya de la perfecta casada y no tiene por qué ser ama de casa, sino simplemente dar afecto y cuidar siempre que lo necesiten. Es decir, de la misma forma que a las mujeres de hace no demasiados años se las enseñaba a cuidar de la casa, los hijos e hijas, del hogar y del marido, ahora, aunque tengamos un empleo fuera de casa, seguimos manteniendo ese cuidado a nivel afectivo. Dar y dar aunque no recibamos el mismo cuidado cuando nosotras lo necesitamos.

Por ejemplo, últimamente, he observado algunas situaciones en las que chicos jóvenes se han aburrido de su novia de toda la vida (que suele ser una “novia-madre”) y las han dejado en busca de una temporada algo loca. Sin embargo, llega un momento en el que se sienten vacíos y necesitan algo más. En su búsqueda nocturna, hay un día que se tropiezan con una persona o una situación que le da pie a profundizar algo más, hablar de cosas que de verdad les afecta de forma emocional y, de repente, ahí está, otra novia perfecta. Quizás con las anteriores no se molestaron en querer saber más, pero en esta han visto algo diferente y se lanzan a la piscina. Lo dan todo al principio. Hablan del amor y nos hacen creer que de verdad se han enamorado de nosotras. Llegan los mensajes, las llamadas, algún café tranquilo… y parece que él quiere algo más.

Nosotras (que ya nos sabemos el cuento, no tenemos nada de tontas y no nos creemos la palabrería fácil) vemos que, al menos, parece que ese chico nos da buena conversación, tenemos temas en común, nos hace pasar un buen rato y  estamos a gusto. Así que, aun con pies de plomo y sin buscar ninguna relación seria, puede que nos dejemos llevar por un momento. Le escuchas, le das consejos y tus opiniones sobre la vida en su sentido más metafísico. En fin, te conviertes sin serlo en una “novia-madre”. Entonces, él -que no buscaba una relación seria (y tú tampoco) y sólo necesitaba un poco de atención afectiva, de cuidados y de compañía (y que quizá también es lo que buscabas tú)- ve señales de peligro: “¡Creo que se está pillando! ¡Se quiere casar conmigo! ¡Huye antes de que sea demasiado tarde!”

Tras una relación seria en la que ha sido difícil dejar a esa novia-madre perfecta, quieren dejarte antes de llegar, antes de hacerte daño. No son el típico prototipo de tío cabrón y machito y, quizás por eso, han conseguido que nos creyéramos algo el cuento (porque tampoco fue mentira, sino más bien una confusión o un malentendido). Sin embargo, se asustan y huyen una vez que han tenido bastante. Y así, esa perfecta novia se convierte en la perfecta rechazada, que cuida de ellos casi de manera inconsciente y que nunca recibe lo mismo que da. Te convierten en un “tipo de mujer”, alguien que siempre está y estará ahí, dispuesta a darlo todo y que, una vez que lo ha dado todo, se rechaza.

Aunque a un nivel muy diferente y mucho más complejo, creo que es parecido a lo que ocurre en relaciones destructivas en las que mujeres y hombres llevan tiempo atrapados. A pesar de que la relación se haya roto una y mil veces, siempre hay una recaída, un perdón, alguien que siempre está ahí a pesar de todo. Hay un desequilibrio porque una de las dos personas da mucho más que la otra. La psicoanalista Mariela Michelena explica en su libro “Mujeres malqueridas” que muchas de las mujeres que ha atendido en su consulta asumen el rol de madre en las relaciones. Muestran un “amor incondicional” a pesar de todas las cosas que pueda hacer su pareja. Como ella explica, este “amor incondicional no necesita reciprocidad, eso sería un amor fallido” (p. 39).

¿Y qué hay de nuestras necesidades? ¿Quién cuida de nosotras? Todas las personas somos dependientes en mayor o menor medida y, sobre todo, en ciertos momentos de la vida.  Las parejas son diversas y es frecuente (bastante) que siempre una de las dos personas dé más que la otra, pero creo que, de algún modo, la sociedad nos conduce a las mujeres a soportar y aguantar algunas situaciones que no tendríamos por qué aguantar. Estamos ahí y nos desvivimos si nuestra pareja está mal en el trabajo, con su familia o con sus amigos. Pero, ¿obtenemos lo mismo cuando estamos mal nosotras? ¿Qué pasa cuando él ya no necesita nuestro consuelo o afecto?

Se trata de un tema muy complejo del que habría que ofrecer datos, estudios y muchos ejemplos concretos… Quizás me equivoque en muchas cosas, pero sin duda queda mucho por investigar en este terreno.