La novia-madre perfecta

Muchas mujeres, en alguna ocasión de nuestra vida, nos hemos convertido sin quererlo en una especie de novia y madre perfecta. No sé muy bien a qué se debe ni de dónde surge pero es algo que últimamente estoy observando a mi alrededor…

La construcción cultural del amor y las relaciones aún sigue siendo una de las cuestiones de género más difíciles de cambiar. Los afectos y las formas de relacionarnos son producto de una educación y de una construcción cultural que hemos ido asumiendo y asimilando desde que nacemos. A las mujeres nos enseñan a cuidar y a los hombres a ser cuidados. Sí, ellos deben protegernos de los grandes peligros, ser nuestros “héroes”, pero en la vida real y en el día a día, quienes cuidamos (o quienes “debemos” cuidar), somos las novias-madres perfectas.

Creo que esto da como resultado el mito de una especie de “novia-madre”, que en realidad es la “novia perfecta”. Ese prototipo de chicas que no son para una noche loca, sino para algo más. Una madre para sus hijos y una mujer que sepa cuidar de ellos, consolarlos y darles ánimos cuando están mal. Una mujer que se quede cuidando de ellos un sábado por la noche cuando están enfermos. No estoy hablando ya de la perfecta casada y no tiene por qué ser ama de casa, sino simplemente dar afecto y cuidar siempre que lo necesiten. Es decir, de la misma forma que a las mujeres de hace no demasiados años se las enseñaba a cuidar de la casa, los hijos e hijas, del hogar y del marido, ahora, aunque tengamos un empleo fuera de casa, seguimos manteniendo ese cuidado a nivel afectivo. Dar y dar aunque no recibamos el mismo cuidado cuando nosotras lo necesitamos.

Por ejemplo, últimamente, he observado algunas situaciones en las que chicos jóvenes se han aburrido de su novia de toda la vida (que suele ser una “novia-madre”) y las han dejado en busca de una temporada algo loca. Sin embargo, llega un momento en el que se sienten vacíos y necesitan algo más. En su búsqueda nocturna, hay un día que se tropiezan con una persona o una situación que le da pie a profundizar algo más, hablar de cosas que de verdad les afecta de forma emocional y, de repente, ahí está, otra novia perfecta. Quizás con las anteriores no se molestaron en querer saber más, pero en esta han visto algo diferente y se lanzan a la piscina. Lo dan todo al principio. Hablan del amor y nos hacen creer que de verdad se han enamorado de nosotras. Llegan los mensajes, las llamadas, algún café tranquilo… y parece que él quiere algo más.

Nosotras (que ya nos sabemos el cuento, no tenemos nada de tontas y no nos creemos la palabrería fácil) vemos que, al menos, parece que ese chico nos da buena conversación, tenemos temas en común, nos hace pasar un buen rato y  estamos a gusto. Así que, aun con pies de plomo y sin buscar ninguna relación seria, puede que nos dejemos llevar por un momento. Le escuchas, le das consejos y tus opiniones sobre la vida en su sentido más metafísico. En fin, te conviertes sin serlo en una “novia-madre”. Entonces, él -que no buscaba una relación seria (y tú tampoco) y sólo necesitaba un poco de atención afectiva, de cuidados y de compañía (y que quizá también es lo que buscabas tú)- ve señales de peligro: “¡Creo que se está pillando! ¡Se quiere casar conmigo! ¡Huye antes de que sea demasiado tarde!”

Tras una relación seria en la que ha sido difícil dejar a esa novia-madre perfecta, quieren dejarte antes de llegar, antes de hacerte daño. No son el típico prototipo de tío cabrón y machito y, quizás por eso, han conseguido que nos creyéramos algo el cuento (porque tampoco fue mentira, sino más bien una confusión o un malentendido). Sin embargo, se asustan y huyen una vez que han tenido bastante. Y así, esa perfecta novia se convierte en la perfecta rechazada, que cuida de ellos casi de manera inconsciente y que nunca recibe lo mismo que da. Te convierten en un “tipo de mujer”, alguien que siempre está y estará ahí, dispuesta a darlo todo y que, una vez que lo ha dado todo, se rechaza.

Aunque a un nivel muy diferente y mucho más complejo, creo que es parecido a lo que ocurre en relaciones destructivas en las que mujeres y hombres llevan tiempo atrapados. A pesar de que la relación se haya roto una y mil veces, siempre hay una recaída, un perdón, alguien que siempre está ahí a pesar de todo. Hay un desequilibrio porque una de las dos personas da mucho más que la otra. La psicoanalista Mariela Michelena explica en su libro “Mujeres malqueridas” que muchas de las mujeres que ha atendido en su consulta asumen el rol de madre en las relaciones. Muestran un “amor incondicional” a pesar de todas las cosas que pueda hacer su pareja. Como ella explica, este “amor incondicional no necesita reciprocidad, eso sería un amor fallido” (p. 39).

¿Y qué hay de nuestras necesidades? ¿Quién cuida de nosotras? Todas las personas somos dependientes en mayor o menor medida y, sobre todo, en ciertos momentos de la vida.  Las parejas son diversas y es frecuente (bastante) que siempre una de las dos personas dé más que la otra, pero creo que, de algún modo, la sociedad nos conduce a las mujeres a soportar y aguantar algunas situaciones que no tendríamos por qué aguantar. Estamos ahí y nos desvivimos si nuestra pareja está mal en el trabajo, con su familia o con sus amigos. Pero, ¿obtenemos lo mismo cuando estamos mal nosotras? ¿Qué pasa cuando él ya no necesita nuestro consuelo o afecto?

Se trata de un tema muy complejo del que habría que ofrecer datos, estudios y muchos ejemplos concretos… Quizás me equivoque en muchas cosas, pero sin duda queda mucho por investigar en este terreno.

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Día del Niño… ¿y la niña?

Hoy Google nos avisaba de la celebración del día del Niño –¡las niñas también son invisibles para Google, el todopoderoso que todo lo ve!-. Aunque a nivel internacional, el día de los Derechos de la Infancia se celebra el 20 de noviembre, en algunos lugares como en España, también se celebra el 15 de abril.

Imagen de Google para "el Día del Niño"

Precisamente ayer, me sorprendió una noticia que tenía que ver con la infancia, concretamente, con las niñas: la marca Primark tuvo que retirar del mercado unos bikinis con relleno para niñas. Sí, ¡bikinis con relleno para niñas de 6-8 años! La marca de ropa ya ha pedido disculpas y ha intentado reaccionar lo más rápido posible ante las quejas de varios sectores de la población (curiosamente, en algunos medios se ha recalcado el hecho de que sea el sector más conservador). Lo que menos me importó de esta noticia es que los hubieran retirado de la venta, porque lo que no me explico es cómo pudo llegar a existir un producto así.

¿A quién se le ocurrió esta idea? ¿Quién los diseñó? ¿Qué padres y madres pudieron comprar este producto a sus hijas? ¿Por qué? Hay muchos aspectos muy difíciles de entender. Sin embargo, este es sólo un ejemplo escandaloso dentro de los muchos elementos que están presentes en nuestra cultura consumista y que, muchas veces, pasamos desapercibidos. ¿Nadie se ha dado cuenta de la cantidad de muñecas que las niñas maquillan? Sí, esas que vienen con un kit de maquillaje completo que nos enseñan, desde bien pequeñitas, a maquillarnos. No hay muchas diferencias, el mensaje viene a ser el mismo: tenemos que estar y ser guapas (¿para quién? sí, para ellos). En el caso del bikini se ha metido el dedo en la llaga: el sexo. Ya no maquillamos nuestra cara, ahora maquillamos nuestro pecho, una parte del cuerpo muy sexualizada culturalmente. 

Uno de los aspectos claves en la educación para la igualdad es aprender a valorar y aceptar nuestros cuerpos. Por ello, el ejemplo del famoso bikini nos tiene que hacer pensar en todos los factores que intervienen en la educación. El discurso, las imágenes, los juguetes, la ropa, los símbolos… hay miles de elementos que nos enseñan a saber qué es ser hombre y qué es ser mujer.

En este día de la Infancia (y no sólo del Niño) quiero reivindicar la importancia de la educación para la igualdad. Educar en igualdad es la única forma de eliminar la violencia de género a largo plazo. No sólo parar el alarmante número de muertes que hay por culpa de la violencia machista dentro de la pareja, sino también de acabar con todo tipo de discriminaciones. La educación es precisamente aquello que nos enseña a crecer, a seguir aprendiendo y a ser. Por ello, hoy quiero reivindicar que todos los niños y niñas puedan recibir una educación de calidad y una educación en igualdad.