Los hombres no son así

En la prensa y la televisión en Italia no se habla hoy de otra cosa. Un chico de 17 años ha matado a su ex novia de 15. Además, con una crueldad que remueve todo por dentro. Primero, la ha acuchillado y, al ver que no se moría, la ha quemado viva.

Por lo visto, el chico era celoso. No asumía el final de la relación. Ya hemos visto fotos de la menor por todas partes y todos los detalles escabrosos del asesinato. Este caso tiene todo para conmover y los medios de comunicación lo utilizan sin tener en cuenta el daño que pueden hacer a nuestra sociedad.

Basta ya. Las mujeres y asociaciones feministas en Italia están gritando basta. Aunque se empiece a utilizar los términos femicidio y feminicidio, parece que los medios de comunicación siguen sin tener muy claro de qué se trata. O no se quieren enterar.

Femicidi_2012_scheda grafica

En España, las cosas no están mejor. Se supone que tenemos una ley contra la violencia de género y una ley de igualdad para conseguir eliminar, de verdad, la discriminación de las mujeres de nuestra sociedad. Sin embargo, los recortes han frenado todo. Ante esta crisis económica, la violencia contra las mujeres no es más que una cosa que ha existido siempre y que, por ello, algo que jamás podremos cambiar.

grafico-violencia-genero-victimas_EDIIMA20130524_0640_13

¿Estamos demasiado acostumbrados y acostumbradas a que un ex novio, ex marido, novio o marido mate a una mujer? ¿Hemos normalizado esta violencia? ¿Cómo puede esta sociedad “avanzada” pensar que es natural que los hombres maten a las mujeres? Si es natural que los hombres maten a las mujeres… me voy de este mundo. Quienes hacen de esta violencia algo inevitable no sólo hacen de nosotras, las mujeres, unas eternas víctimas, sino que además insultan a todos los hombres que creen en una sociedad igualitaria y que luchan para cambiarla. No me creo que los hombres no puedan contener sus impulsos sexuales y por eso violen a las mujeres. No me creo que los hombres no puedan evitar matar a su ex novia porque tienen ataques de celos. Los hombres no son así.

¿Cómo vamos a terminar con la violencia si seguimos impasibles ante las desigualdades más básicas? Los asesinatos que llaman pasionales, no tienen nada de pasión. Esos ataques de celos que parecen incontrolables no son más que la punta del iceberg de una sociedad que humilla día a día a las mujeres y que potencia en los hombres actitudes de dominación y superioridad, ya sea en las relaciones íntimas de la esfera “privada”, como en la vida pública y los círculos de poder donde sólo vemos a señores con corbata.

La joven de 15 años que ha sido asesinada en Italia, ha sido asesinada porque es una mujer. Porque ha nacido mujer en una sociedad machista y patriarcal que entiende las relaciones desde la dominación, el control y la dependencia. Una gran parte de los y las jóvenes aún sigue pensando que los celos son un signo de amor. Los medios de comunicación así lo recuerdan: locura de amor, amor criminal, asesinato pasional, ataque de celos. Es una forma más de esconder la violencia de género. Igual que hablar de violencia familiar, drama familiar, tragedia doméstica… Hay quien piensa que hablar tanto de estos términos y criticar que no se utilicen adecuadamente es exagerado. No lo es.

Las palabras son una construcción cultural, igual que la violencia machista. Las personas que se dedican a la política y los y las profesionales de los medios de comunicación deberían saber, como mínimo, de qué hablan y utilizar las palabras adecuadas para contextualizar el problema, dar soluciones y ofrecer información de utilidad.


Unos pocos euros

En España, más de cinco millones de personas estamos en el paro. Se dice pronto: la tasa de desempleo ha llegado al 23,6%. De esta gran parte de la población sin empleo, cuatro de cada diez personas no recibe ninguna prestación ni subsidio.

Nos dicen que luchan por el derecho a la maternidad mientras nos suben las horas de la jornada laboral y nos bajan los sueldos. Nos quitan, además, el derecho a enfermar. Y el despido es más fácil que nunca.

Nos dicen que no va a bajar la calidad en la enseñanza mientras anuncian que han decidido hacinar a más de 30 estudiantes por clase y no sustituir a profesores y profesoras que tengan una baja menor a diez días. Así que el próximo curso, muchos interinos no tendrán empleo.

Entre una cosa y otra… ¡qué aficiones tiene nuestro monarca! Nos enteramos de que el rey se ha ido a cazar elefantes y que se ha gastado un dineral. Una cifra que a mí se me escapa. Que nunca he tenido y que, a este paso, no ganaré ni juntando todos los años de mi vida laboral. Porque soy una de esas jóvenes (ya no tan joven) a punto de marcharse a Laponia.

Al menos, tuve la suerte de poder estudiar una carrera universitaria. Si tuviera que empezar a estudiar el próximo mes de septiembre, no sé si podría hacerlo. Nos van a subir las tasas hasta un 66% porque antes pagábamos muy poco.

Y, ¿cómo esperan que ahora, en estos momentos en el que no tenemos ni dinero ni trabajo, podamos pagar aún más por la matrícula de la universidad?

Penalizarán a estudiantes que suspendan. ¿Y cómo harán para pagar la universidad quienes no tengan beca? Porque son muchas las razones por las que estudiantes de la universidad suspenden asignaturas… una de ellas es que, como tenemos la mala costumbre de comer todos los días, hay quien además de estudiar tiene que trabajar.

Pero bueno, ahora eso ya no será un problema porque tampoco hay empleo…

Nos llamaban generación ni-ni, echándonos la culpa de que no queríamos hacer nada, ni estudiar ni trabajar. Ahora parece que es la única opción que están dando a esta sociedad…

Esta sociedad por la que tanto han luchado (y siguen luchando) esas mujeres y hombres a quienes estamos robando la salud. A quienes se les está bajando las pensiones a través de la sanidad.

Pero seamos realistas, son sólo cuatro cafés a dos euros. Son sólo unos pocos euros…

Unos pocos euros… ¡¡¿comparado con qué?!!

¿Con el sueldo de Rajoy?

¿Con lo que ha pagado el Rey Don Juan Carlos para matar elefantes? Entonces sí que son unos pocos euros…

¡Ay! ¡Qué relativo es todo! Hay quien no tiene dinero para cuatro cafés al mes, mientras que para otra gente irse a cazar elefantes son sólo unos pocos euros.

Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con lo que gana el rey al año. Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con los sueldos de quienes no han notado la crisis. Con el dinero que se ha llevado la banca causante de la crisis. Con los que se lleva cada año la Iglesia de nuestros impuestos.

Pero no importa el dineral que se haya gastado el rey. Ya ha pedido perdón. Todo olvidado. Es buena gente. Qué gesto de humildad. Con esa voz temblorosa y esa mirada triste pidiendo perdón al pueblo…


Por si todo esto fuera poco, para que permanezcamos en silencio y aceptemos cada uno de sus abusos de poder, intentan criminalizar nuestras protestas en la calle. Y aún hay más: anuncian que volverán a controlar la radio y la televisión pública. Porque, por lo visto, también son medidas para acabar con la crisis.

Todo esto en un par de semanas.


El aire de la calle

Estoy en una sala de color rojo. La música está muy fuerte. Esto no parece una oficina normal. Se va juntando cada vez más gente en esta sala. Hace calor. Nos miramos intentando hacer que no nos miramos. Disimulamos las miradas. Pero pensamos lo mismo. Sabemos que esto no pinta nada bien. Nos llaman de uno en uno. Mientras, el resto, espera que llegue su turno.

Sabemos que de ahí no va a salir nada. Pero estamos con nuestro currículum y la esperanza de que no sea una oferta de empleo basura.

Pienso en si alguien pensará que somos rivales. En si, de verdad, alguien pensará en que es una oferta de empleo de verdad importante.

Yo repaso, una a una, las caras de cada persona. La ropa. La ropa que eligieron para la entrevista de trabajo. Cómo llevan su currículum. Las zapatillas. Los zapatos. El folio doblado. El optimismo. El cansancio. La resignación. La desgana.

No somos rivales. Estamos en el mismo barco. En el de las personas en búsqueda de lo que sea, de lo que salga.

Y sé, que cada una de esas personas –yo también- vale mucho más que ese puesto fantasma. Me río por dentro. Me río por no llorar.

Mientras tanto, fuera, en las calles, jóvenes protestan por la carga policial a menores que el día anterior se manifestaron por los recortes en educación. Me crucé la manifestación mientras iba a la entrevista. No había mucha gente, pero parecía que se iban uniendo cada vez más personas.

¿Qué mundo es este?

Apunto en un formulario mis datos personales. Mis estudios. Mis últimas experiencias.

Me recuerda a los formularios que rellenaba cuando aún era estudiante y buscaba un trabajillo para sacarme algo de dinero.

Ahora tengo 27 años. Una licenciatura que parece que no sirve absolutamente para nada y un máster que nadie valora. He trabajado en Valencia, en Madrid, en Bologna, en la sierra de Salamanca. Me he adaptado a trabajos y funciones muy diversas. He colaborado y colaboro con asociaciones y publicaciones sociales y sigo buscando nuevos proyectos de los que formar parte.

Salgo a la calle a protestar por las cosas que creo injustas. Protesto por Internet. Me quejo.

Me da igual ya que mis opiniones se sepan de forma clara. Hace tiempo que dejé de creer que los periodistas y las periodistas no podemos tener un punto de vista y una opinión. Me da igual si no me contratan en un puesto de trabajo por mi opinión, por mi activismo, por mis ganas de luchar contra una situación social que nos está ahogando.

En estos momentos, las ideologías han trascendido. Ahora luchamos por el derecho a vivir. Pan, casa, destino, camino.

El aire se hace irrespirable en esta sala roja. La cristalera está sucia. Una chica rubia y alta que trabaja en esa extraña empresa sonríe a cada persona que entra. Preguntan por Sara. La música está muy fuerte. Ella canta. Los Cuarenta Principales a todo volumen.

Parece que la espera va para largo. Abro el libro que llevo en el bolso y empiezo a leer. No consigo concentrarme con esa música. Con esa atmósfera asfixiante.

Por fin me llaman. Me llevan a una sala casi vacía. Sólo una mesa y un portátil. Un hombre me intenta explicar de qué va el trabajo. No habla muy bien español y casi no consigo entender sus palabras. Coge mi currículum. Es la primera vez que lo ve. Casi no le presta atención. No importa el tiempo que dedicara a elaborarlo.

Me explica cosas que no tienen sentido. Me hace preguntas que no tienen sentido. Habla de crecimiento, de avanzar en la compañía. Me habla de la factura de la luz. De la energía. De ahorrar dinero. Escribe por detrás de mi currículum y me hace un esquema del funcionamiento de esa empresa. Una empresa que no se dedica a nada. Me habla de tener una empresa propia en seis meses. Le pregunto sobre mis funciones y sobre el puesto de trabajo que supuestamente están ofreciéndome. Habla. Habla. Habla sin parar. No dice nada.

Me llamará sobre las siete de la tarde para decirme si he sido seleccionada. De ser así, mañana tendría una prueba que durará todo el día.

A mí no me importa. Sabía de antemano que era una oferta trampa. Otra oferta más en la que hablan de comunicación cuando quieren decir comercial sin sueldo ni oficina.

Me marcho sonriente. Por dentro, tengo ganas de llamarles de todo. De gritar.

Salgo de aquel despacho vacío. Miro a toda la gente que está en la sala de espera. Me dan ganas de decirles: no perdáis vuestro valioso tiempo, salid a la calle. Por lo menos, hay aire.

Me voy. Sonrío a aquella mujer rubia que cantaba.

Salgo a la calle y respiro por fin. Con ganas de llegar a casa, ponerme cómoda y descansar. Al llegar a casa, en Internet hablan de la manifestación que me crucé al medio día. Parece que se ha convertido en multitudinaria.

Acaba de sonar el teléfono. Parece que me han seleccionado. No tengo un duro. Pero aún me queda algo de dignidad para ir tirando.

La gente sigue manifestándose. Y seguiremos haciéndolo.

Todo mi apoyo a los menores, jóvenes, familias, profesores y profesoras que se han manifestado. A veces, tengo la sensación de vivir todo esto como si fuera mentira…

Para quien no sepa muy bien de qué va el tema de la manifestación: #IESLluisVives


Entre la esperanza y el miedo

Llevo varias noches (por no decir unas cuantas) en las que no consigo descansar. Es como si las sábanas me molestaran, como si no pudiera estar tumbada y relajarme. Como si tuviera que levantarme y salir corriendo. Nunca había sentido de esta forma que este no es mi lugar. Que este no es el lugar en el que quiero estar. Creo que el miedo también me está alcanzando.

No es para menos. Parece que “miedo” es la palabra más repetida últimamente, después de “crisis”, claro. No paramos de escuchar eso de que lo peor está por llegar y que no hay más remedio que sufrir lo que está pasando, resignarse y tirar como se pueda.

Mientras tanto, otras personas intentan (intentamos) pensar en soluciones alternativas a esta resignación que no nos lleva a ninguna parte. De esta crisis están naciendo proyectos diferentes que no tienen como objetivo seguir creciendo de forma infinita para ganar y ganar más dinero. No hace falta ser economista para caer en la cuenta de que un sistema basado en consumo, tarde o temprano, se tiene que agotar. Ayer, en una entrevista de Anatxu Zabalbeascoa publicada en El País, la socióloga Saskia Sassen decía en una  que nuestro sistema ya es otro desde hace tiempo, “parece una continuación del antiguo, pero no lo es” porque “el salario del trabajador ya no permite mantener el consumo”.

Algo parecido decía José Luis Sampedro en la entrevista que le hizo Jordi Évole en Salvados: El sistema capitalista fue muy útil en su momento, pero ahora se ha agotado. La iglesia, la política y la economía, las instituciones sobre las que sustenta nuestra sociedad actual, están atrasadas.

Con una lucidez increíble, nos transmitía la serenidad de un pensamiento complejo y sencillo a la vez, lleno de lógica y humanidad. Nos planteaba preguntas y una forma de razonamiento pausado que, hoy en día, se echa en falta. En twitter, el lugar de las ideas grandes en espacios breves y veloces, se empezaron a recopilar con emoción algunas de sus frases llenas de sabididuría.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Cuál es la solución? ¿Por dónde empezamos a crear una nueva sociedad?

De momento, parece que las personas que están arriba no están dando pie con bola. Esta crisis debería ser el inicio de un nuevo sistema más justo, adaptado a nuestros tiempos y todas las cosas que hemos conseguido durante siglos. Un sistema que tuviera en cuenta el logro más importante de nuestra historia: el reconocimiento de los derechos humanos.

Sin embargo, parece que todo lo que hemos conseguido está ahora entre la espada y la pared. A nadie le gusta esta situación, pero quienes tienen el poder llevan más de tres años poniendo parches para que este sistema siga vivo, cueste lo que cueste.

En poco tiempo, los pilares de nuestras democracias parece que se van al traste. Recortes en educación y sanidad, copago en justicia… Ni hablar de los avances de los últimos años en cooperación e igualdad de oportunidades. Estos son grandes lujos que no nos podemos permitir.

Vivimos en la era de las comunicaciones y la libertad de expresión cuenta hoy con más vías que nunca para manifestarse. Sin embargo, también parece que da miedo a todas las fuerzas políticas. En lugar de aprovechar las miles de posibilidades que tiene hoy Internet, sólo ponemos límites porque la libertad de pensamiento es algo que, aún, asusta.

Y, por otra parte, el periodismo es una de las profesiones peor pagadas y valoradas de nuestra sociedad. Yo he perdido la cuenta de los periódicos y medios de comunicación que en nuestro país han cerrado en los últimos meses o amenazan con hacerlo próximamente. Además de los recortes, los sueldos basura, las prácticas no remuneradas y el dar gracias por colaborar en algunos medios de comunicación.

¿Qué consecuencias tiene todo esto a largo plazo? Ya no se trata “solo” de la reducción de sueldos y el despido de muchas personas, sino de que estamos perdiendo servicios y derechos básicos que, hasta ahora, considerábamos intocables.

Me hace mucha gracia que, desde el poder, se hable de que estamos en tiempos difíciles pero que muy pronto nos recuperaremos. Sí, tal vez la economía se recupere, pero ¿a qué precio? ¿Cómo seremos dentro de diez años? ¿Dentro de veinte? A mí esto sí me da miedo, me da mucho miedo.

Pero no quiero hacer más apología del miedo. No quiero ser más catastrofista. Todo lo contrario. Creo que es el mejor momento para cambiar las cosas. Para transformar nuestra realidad. Para buscar otro sistema que nos ayude a vivir con dignidad. La ciudadanía no está dormida. Lo hemos demostrado en Internet y en las calles. Gente de países bien diferentes se han manifestado en las plazas de todo el mundo pidiendo un sistema diferente y una democracia más justa. Un sistema que tenga en cuenta a las personas, las necesidades de la gente y no las de los bancos.

Rajoy ya ha asumido que va a haber una huelga general en España. Increíble, antes de dar a conocer su reforma laboral ya sabe que una gran parte de la sociedad española no va a estar de acuerdo. Pero… ¿él no nos representa? ¿No tiene que luchar él por nuestros intereses?

En fin, yo no sé si habrá o no una huelga general, lo que sí que tengo claro es que tenemos dos posibilidades: vencer el miedo y buscar alternativas o dejar que esta inercia nos lleve a un suicidio colectivo.

“El miedo a lo que podría pasar hace que se acepte lo que está pasando”. José Juis Sampedro.