La sorpresa

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De mayor

Hace unas semanas, desde UGT me pidieron un testimonio como joven exiliada. La verdad es que no sabía ni por dónde empezar… No quería escribir un relato tan personal, pero esto es lo que salió.

Me puse a llorar mientras guardaba mis títulos en la maleta. No cabían en el equipaje de mano y tenía miedo a perderlos o estropearlos. Era lo más importante que tenía y llegaba tarde al aeropuerto. Estaba nerviosa. Tenía miedo. Estallé por una tontería. No podía parar de llorar y no quería que mi familia me viera así justo antes de marcharme a Uruguay.

Hace ya más de un año de aquello. Me encanta viajar y nunca he tenido problemas para cambiar de ciudad o de país. Sin embargo, era la primera vez que me iba tan lejos y me daba una rabia enorme irme de aquella forma. Me asustaba no tener dinero para volver si algo no salía bien. Estaba invirtiendo mis pocos ahorros en irme a la otra punta del mundo a buscar trabajo. Estaba muy ilusionada, pero me daba una tristeza enorme pensar que no podría volver de visita, ni siquiera una o dos veces al año. Sabía que gran parte de mis amigas, amigos y familia tampoco podía permitirse venir a visitarme.

Irme tan lejos me producía una gran ansiedad, pero me producía aún más ansiedad seguir igual. Llevaba años entre trabajos temporales, voluntariados, cursos, becas y paro. No sólo sentía que mi licenciatura en Periodismo y mi máster en Estudios de Género no servían para nada, sino que además, empezaba a tener la sensación de ser incapaz de hacer nada. Algo tenía que cambiar.

Cuando llegué a Montevideo las cosas no fueron sencillas, pero fue una experiencia realmente positiva. Tuve la suerte de hacer este viaje con una de mis mejores amigas y las dos fuimos muy bien preparadas. Por supuesto, nos llevamos todos los documentos listos para residir y trabajar y nos habíamos informado de todos los trámites que teníamos que realizar allí. Éramos conscientes de que los primeros meses iban a ser complicados, pero estábamos más que convencidas de que era algo que teníamos que intentar. En cosa de un mes, encontré un empleo en el que de verdad valoraron mi formación y experiencia. En Uruguay, hay muchísima precariedad laboral y sueldos bajísimos, pero existen expectativas de ir mejorando, poco a poco, y poder aprender y crecer profesionalmente.

A pesar de que América Latina se portó muy bien conmigo, por motivos personales volví a Europa. Ahora vivo en Bolonia, Italia, y mi situación sigue siendo inestable. Bueno, muy inestable. Desde hace unas semanas vuelvo a buscar empleo, pero estoy consiguiendo ir tirando, poco a poco. Intento mantenerme positiva, buscar alternativas. O crearlas. No me da miedo cambiar de ciudad, ni de país, ni de profesión. Me encantaría poder emprender un proyecto personal, pero ni es tan sencillo, ni todas las personas jóvenes podemos convertirnos en emprendedoras.

Como buena parte de mi generación, gracias a la crisis, he podido acumular experiencias vitales y profesionales realmente importantes que, seguramente, de otro modo no habría tenido. Me alegro de haber realizado trabajos muy diferentes, conocer otros lugares, personas, culturas. Sé que todo eso me acompañará siempre. Sin embargo, tener una vida profesional tan inestable (o flexible, como parece que les gusta llamar a algunos), tiene sus consecuencias no sólo a nivel económico, sino también a nivel personal. Estoy cansada de esos discursos que nos culpan de nuestra propia desgracia y nos obligan a aceptar contratos de prácticas con sueldos inexistentes o de 300 euros al mes. Cada vez que escucho expresiones como emprender, búsqueda activa de empleo, contratos de formación… no sé si reír o llorar. ¿Buscar algo que no existe? ¿Por qué no hablan de creación activa de empleo? ¿Emprender? ¿Con qué dinero? ¿Contratos de prácticas hasta los 35 años? No hablemos de cosas como ser madre… Eso eliminaría por completo todas mis posibilidades de encontrar un empleo.

Me gustaría ser capaz de empezar una vida y, por fin, poder pasar más de un año entero en la misma ciudad. Estoy agotada. No sé ni dónde está mi casa y necesito sentir que tengo algo. Un hogar, una vida. Serán cosas de estar rozando los 30 y seguir teniendo una economía de estudiante de 19 años… Aún me acuerdo cuando nos hacían aquella pregunta: “¿qué quieres ser de mayor?”. De mayor. ¿A qué edad somos mayores? ¿A qué edad voy a poder decidir qué ser? Hemos crecido en la sociedad del progreso, de los planes, de “estudiar para ser alguien el día de mañana”. Nadie nos explicó que ya éramos alguien y que el futuro no existe.

Pero en ello estamos, intentando crear un futuro, intentando sentirnos alguien.

Artículo publicado en L’ALTAVEU Butlleti informatiu de la joventut ugetista del País Valencià Octubre 2013

*Una aclaración tal vez innecesaria:
No milito en ningún partido ni sindicato. Sin embargo, como periodista y ciudadana, me parece importante y necesario colaborar en espacios de participación y construcción social.


Es violencia

Está de moda culpar a las personas desempleadas de no tener empleo, de no esforzarse, de no haber estudiado lo suficiente, de haber estudiado demasiado (y gratis), de aprovecharse de las ayudas públicas, de ser parásitos, de no irse a Laponia a trabajar porque es más cómodo y fácil quedarse en su barrio, de banco en banco, sin hacer nada.

Es la estrategia más cruel para atrapar a las víctimas en el miedo en la incertidumbre, en la culpabilidad. En trabajos precarios y basura que sólo alimentan este sistema que nos pone entre la espada y la pared.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Como si le gustara sufrir. Como si no valiera para otra cosa que para quejarse o llorar. Está de moda creer que la pobreza es algo que se han ganado los colectivos más vagos de la sociedad.

Nos culpan de nuestros fracasos, minando nuestra autoestima y haciéndonos creer que no tenemos suficiente talento, que no nos esforzamos lo suficiente, que nunca valdremos para hacer aquello que habíamos soñado. Y, así, poco a poco, consiguen que seamos más volubles. Más frágiles. Más manejables.

Aceptaremos todas las reglas que nos impongan esas personas que nos culpan de no saber jugar las cartas de este sistema. De no sobrevivir a la ley del más fuerte.

Y si no aceptamos las normas del juego, se nos tachará de antisistema. De radicales. Del enemigo. Y sí, somos el enemigo (y las enemigas). El enemigo de quien abusa de su poder para imponer el miedo. Somos el enemigo de quienes quieren un sistema basado en pisotear a las personas y a las necesidades básicas de cada una y uno de nosotros. Para que, quienes mandan, manden cada vez más. Para que quienes tienen dinero, ganen cada vez más dinero.

Somos el pueblo. Y también el enemigo de quien no nos deja entrar en este juego. No somos antisistema. Pensamos de una forma diferente. Pensamos. Buscamos una alternativa.

Es violencia quitarnos el pan. Es violencia quitarnos nuestros derechos. Robarnos nuestros sueños. Robarnos las ganas de trabajar por una realidad diferente.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Pero es una técnica muy habitual en un sistema que intenta imponer las desigualdades como algo merecido y no como un fallo del propio sistema o, más bien, como una injusticia social premeditada. Otro ejemplo muy sencillo: culpar a las mujeres que sufren violencia por no haber denunciado y el seguir aguantando esa situación de violencia.

Pero de este modo, se reduce un problema muy complejo a algo simple que deja de ser un problema para la sociedad -que no para la persona que lo sufre-.  Y, poco a poco, se sigue perpetuando ese poder de los más fuertes, haciendo que quienes se encuentran en una situación difícil tengan cada vez más complicado formar parte de ese sistema.

Es violencia expulsarnos de la sociedad. Es violencia cómo están jugando con el pueblo, convertido ya en esclavo. Intentando convencerle de que no hay más salida que la que nos “proponen” (imponen).

Pero el pueblo está demostrando que no es ignorante. Afortunadamente, esta llamada “generación perdida” es también la más formada y preparada que hemos tenido nunca. Nos podrán quitar todo lo que tenemos, pero no nuestra formación, nuestro esfuerzo y todo lo que hemos aprendido.

No dejemos que nos hagan sentir insignificantes porque no lo somos. Somos muy grandes y no necesitamos la violencia para demostrarlo.


Ni el esclavo ni la mujer habrían podido ser mantenidos, siquiera por la fuerza, en el estado abyecto en que fueron sumidos, sino hubieran sido convencidos poco a poco de su inferioridad.
Martín Sagrera

La doctrina del Shock from alvarezmeo on Vimeo.


El aire de la calle

Estoy en una sala de color rojo. La música está muy fuerte. Esto no parece una oficina normal. Se va juntando cada vez más gente en esta sala. Hace calor. Nos miramos intentando hacer que no nos miramos. Disimulamos las miradas. Pero pensamos lo mismo. Sabemos que esto no pinta nada bien. Nos llaman de uno en uno. Mientras, el resto, espera que llegue su turno.

Sabemos que de ahí no va a salir nada. Pero estamos con nuestro currículum y la esperanza de que no sea una oferta de empleo basura.

Pienso en si alguien pensará que somos rivales. En si, de verdad, alguien pensará en que es una oferta de empleo de verdad importante.

Yo repaso, una a una, las caras de cada persona. La ropa. La ropa que eligieron para la entrevista de trabajo. Cómo llevan su currículum. Las zapatillas. Los zapatos. El folio doblado. El optimismo. El cansancio. La resignación. La desgana.

No somos rivales. Estamos en el mismo barco. En el de las personas en búsqueda de lo que sea, de lo que salga.

Y sé, que cada una de esas personas –yo también- vale mucho más que ese puesto fantasma. Me río por dentro. Me río por no llorar.

Mientras tanto, fuera, en las calles, jóvenes protestan por la carga policial a menores que el día anterior se manifestaron por los recortes en educación. Me crucé la manifestación mientras iba a la entrevista. No había mucha gente, pero parecía que se iban uniendo cada vez más personas.

¿Qué mundo es este?

Apunto en un formulario mis datos personales. Mis estudios. Mis últimas experiencias.

Me recuerda a los formularios que rellenaba cuando aún era estudiante y buscaba un trabajillo para sacarme algo de dinero.

Ahora tengo 27 años. Una licenciatura que parece que no sirve absolutamente para nada y un máster que nadie valora. He trabajado en Valencia, en Madrid, en Bologna, en la sierra de Salamanca. Me he adaptado a trabajos y funciones muy diversas. He colaborado y colaboro con asociaciones y publicaciones sociales y sigo buscando nuevos proyectos de los que formar parte.

Salgo a la calle a protestar por las cosas que creo injustas. Protesto por Internet. Me quejo.

Me da igual ya que mis opiniones se sepan de forma clara. Hace tiempo que dejé de creer que los periodistas y las periodistas no podemos tener un punto de vista y una opinión. Me da igual si no me contratan en un puesto de trabajo por mi opinión, por mi activismo, por mis ganas de luchar contra una situación social que nos está ahogando.

En estos momentos, las ideologías han trascendido. Ahora luchamos por el derecho a vivir. Pan, casa, destino, camino.

El aire se hace irrespirable en esta sala roja. La cristalera está sucia. Una chica rubia y alta que trabaja en esa extraña empresa sonríe a cada persona que entra. Preguntan por Sara. La música está muy fuerte. Ella canta. Los Cuarenta Principales a todo volumen.

Parece que la espera va para largo. Abro el libro que llevo en el bolso y empiezo a leer. No consigo concentrarme con esa música. Con esa atmósfera asfixiante.

Por fin me llaman. Me llevan a una sala casi vacía. Sólo una mesa y un portátil. Un hombre me intenta explicar de qué va el trabajo. No habla muy bien español y casi no consigo entender sus palabras. Coge mi currículum. Es la primera vez que lo ve. Casi no le presta atención. No importa el tiempo que dedicara a elaborarlo.

Me explica cosas que no tienen sentido. Me hace preguntas que no tienen sentido. Habla de crecimiento, de avanzar en la compañía. Me habla de la factura de la luz. De la energía. De ahorrar dinero. Escribe por detrás de mi currículum y me hace un esquema del funcionamiento de esa empresa. Una empresa que no se dedica a nada. Me habla de tener una empresa propia en seis meses. Le pregunto sobre mis funciones y sobre el puesto de trabajo que supuestamente están ofreciéndome. Habla. Habla. Habla sin parar. No dice nada.

Me llamará sobre las siete de la tarde para decirme si he sido seleccionada. De ser así, mañana tendría una prueba que durará todo el día.

A mí no me importa. Sabía de antemano que era una oferta trampa. Otra oferta más en la que hablan de comunicación cuando quieren decir comercial sin sueldo ni oficina.

Me marcho sonriente. Por dentro, tengo ganas de llamarles de todo. De gritar.

Salgo de aquel despacho vacío. Miro a toda la gente que está en la sala de espera. Me dan ganas de decirles: no perdáis vuestro valioso tiempo, salid a la calle. Por lo menos, hay aire.

Me voy. Sonrío a aquella mujer rubia que cantaba.

Salgo a la calle y respiro por fin. Con ganas de llegar a casa, ponerme cómoda y descansar. Al llegar a casa, en Internet hablan de la manifestación que me crucé al medio día. Parece que se ha convertido en multitudinaria.

Acaba de sonar el teléfono. Parece que me han seleccionado. No tengo un duro. Pero aún me queda algo de dignidad para ir tirando.

La gente sigue manifestándose. Y seguiremos haciéndolo.

Todo mi apoyo a los menores, jóvenes, familias, profesores y profesoras que se han manifestado. A veces, tengo la sensación de vivir todo esto como si fuera mentira…

Para quien no sepa muy bien de qué va el tema de la manifestación: #IESLluisVives


Entre la esperanza y el miedo

Llevo varias noches (por no decir unas cuantas) en las que no consigo descansar. Es como si las sábanas me molestaran, como si no pudiera estar tumbada y relajarme. Como si tuviera que levantarme y salir corriendo. Nunca había sentido de esta forma que este no es mi lugar. Que este no es el lugar en el que quiero estar. Creo que el miedo también me está alcanzando.

No es para menos. Parece que “miedo” es la palabra más repetida últimamente, después de “crisis”, claro. No paramos de escuchar eso de que lo peor está por llegar y que no hay más remedio que sufrir lo que está pasando, resignarse y tirar como se pueda.

Mientras tanto, otras personas intentan (intentamos) pensar en soluciones alternativas a esta resignación que no nos lleva a ninguna parte. De esta crisis están naciendo proyectos diferentes que no tienen como objetivo seguir creciendo de forma infinita para ganar y ganar más dinero. No hace falta ser economista para caer en la cuenta de que un sistema basado en consumo, tarde o temprano, se tiene que agotar. Ayer, en una entrevista de Anatxu Zabalbeascoa publicada en El País, la socióloga Saskia Sassen decía en una  que nuestro sistema ya es otro desde hace tiempo, “parece una continuación del antiguo, pero no lo es” porque “el salario del trabajador ya no permite mantener el consumo”.

Algo parecido decía José Luis Sampedro en la entrevista que le hizo Jordi Évole en Salvados: El sistema capitalista fue muy útil en su momento, pero ahora se ha agotado. La iglesia, la política y la economía, las instituciones sobre las que sustenta nuestra sociedad actual, están atrasadas.

Con una lucidez increíble, nos transmitía la serenidad de un pensamiento complejo y sencillo a la vez, lleno de lógica y humanidad. Nos planteaba preguntas y una forma de razonamiento pausado que, hoy en día, se echa en falta. En twitter, el lugar de las ideas grandes en espacios breves y veloces, se empezaron a recopilar con emoción algunas de sus frases llenas de sabididuría.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Cuál es la solución? ¿Por dónde empezamos a crear una nueva sociedad?

De momento, parece que las personas que están arriba no están dando pie con bola. Esta crisis debería ser el inicio de un nuevo sistema más justo, adaptado a nuestros tiempos y todas las cosas que hemos conseguido durante siglos. Un sistema que tuviera en cuenta el logro más importante de nuestra historia: el reconocimiento de los derechos humanos.

Sin embargo, parece que todo lo que hemos conseguido está ahora entre la espada y la pared. A nadie le gusta esta situación, pero quienes tienen el poder llevan más de tres años poniendo parches para que este sistema siga vivo, cueste lo que cueste.

En poco tiempo, los pilares de nuestras democracias parece que se van al traste. Recortes en educación y sanidad, copago en justicia… Ni hablar de los avances de los últimos años en cooperación e igualdad de oportunidades. Estos son grandes lujos que no nos podemos permitir.

Vivimos en la era de las comunicaciones y la libertad de expresión cuenta hoy con más vías que nunca para manifestarse. Sin embargo, también parece que da miedo a todas las fuerzas políticas. En lugar de aprovechar las miles de posibilidades que tiene hoy Internet, sólo ponemos límites porque la libertad de pensamiento es algo que, aún, asusta.

Y, por otra parte, el periodismo es una de las profesiones peor pagadas y valoradas de nuestra sociedad. Yo he perdido la cuenta de los periódicos y medios de comunicación que en nuestro país han cerrado en los últimos meses o amenazan con hacerlo próximamente. Además de los recortes, los sueldos basura, las prácticas no remuneradas y el dar gracias por colaborar en algunos medios de comunicación.

¿Qué consecuencias tiene todo esto a largo plazo? Ya no se trata “solo” de la reducción de sueldos y el despido de muchas personas, sino de que estamos perdiendo servicios y derechos básicos que, hasta ahora, considerábamos intocables.

Me hace mucha gracia que, desde el poder, se hable de que estamos en tiempos difíciles pero que muy pronto nos recuperaremos. Sí, tal vez la economía se recupere, pero ¿a qué precio? ¿Cómo seremos dentro de diez años? ¿Dentro de veinte? A mí esto sí me da miedo, me da mucho miedo.

Pero no quiero hacer más apología del miedo. No quiero ser más catastrofista. Todo lo contrario. Creo que es el mejor momento para cambiar las cosas. Para transformar nuestra realidad. Para buscar otro sistema que nos ayude a vivir con dignidad. La ciudadanía no está dormida. Lo hemos demostrado en Internet y en las calles. Gente de países bien diferentes se han manifestado en las plazas de todo el mundo pidiendo un sistema diferente y una democracia más justa. Un sistema que tenga en cuenta a las personas, las necesidades de la gente y no las de los bancos.

Rajoy ya ha asumido que va a haber una huelga general en España. Increíble, antes de dar a conocer su reforma laboral ya sabe que una gran parte de la sociedad española no va a estar de acuerdo. Pero… ¿él no nos representa? ¿No tiene que luchar él por nuestros intereses?

En fin, yo no sé si habrá o no una huelga general, lo que sí que tengo claro es que tenemos dos posibilidades: vencer el miedo y buscar alternativas o dejar que esta inercia nos lleve a un suicidio colectivo.

“El miedo a lo que podría pasar hace que se acepte lo que está pasando”. José Juis Sampedro.


El voluntariado y el empleo

Somos muchas las personas que, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho voluntariado o hemos dedicado parte de nuestro tiempo libre a una causa que creemos importante. Es una forma de trabajar que requiere ganas, tiempo y mucha motivación personal. Las personas que son voluntarias, lo son porque creen en un mundo diferente y quieren ayudar a cambiar la realidad, luchar por sus ideas y aportar a la sociedad aquello que pueden dar… y, también, porque cuentan con unas circunstancias vitales que les permite poder hacer esto.

Sin embargo, de ahí a pensar que los servicios públicos se pueden cubrir con el trabajo voluntario de la gente, me parece un insulto a toda la ciudadanía y, sobre todo, a aquellas personas que son voluntarias. Además de ser algo muy, muy, muy peligroso.

Las personas que trabajamos de forma activa para que se cumplan los derechos humanos, sea de la forma que sea (remunerada o no), también luchamos por los derechos laborales básicos. Queremos tener derecho a un trabajo digno, que nos permita desarrollar nuestra vida personal y profesional, nuestro ocio y nuestro tiempo libre. Queremos poder tener vacaciones y tener el suficiente dinero para vivir de una forma digna -llegar a fin de mes, vaya-. Poder tener una enfermedad de vez en cuando. O ser padres o madres sin que se nos eche a la calle. Queremos tener tiempo para nuestros hijos o hijas.

La mayoría de organizaciones sin ánimo de lucro luchan, de una u otra forma, para que se cumplan los derechos humanos. Y, esto, es imposible sin respetar el derecho al trabajo. Por ello, intentan valorar al máximo el trabajo que hacen sus voluntarios y voluntarias, pero nunca aprovecharse de ellos. Porque –aunque esto no sea siempre así-, el trabajo del voluntariado nunca debería suplantar puestos de trabajo.

¿Qué pasaría si los servicios públicos empezaran a cubrirse con voluntarios y voluntarias? En primer lugar, una persona voluntaria no sólo se dedica al voluntariado. Tal vez nos gustaría, pero tenemos la mala costumbre de querer comer de vez en cuando, por lo que no podemos dedicarnos eternamente ni a trabajar gratis, ni hacerlo 8 horas al día. Es evidente que las carencias que habría en los servicios públicos serían enormes porque a una persona voluntaria no se le puede exigir la disponibilidad que supone un trabajo remunerado.

Por otra parte, suplantar puestos de empleo con voluntariado es una completa barbaridad. Despidos, más paro, más recortes. Va en contra de los principios del voluntariado, de los derechos laborales básicos y de nuestra democracia. Y, mientras tanto, seguimos enterándonos de casos de corrupción, de sueldos millonarios, de políticos que suman sueldos de mil trabajos que hacen a la vez (sus días deben de tener más horas que las nuestras).

Pero parece que Ana Botella cree que sus recortes se pueden compensar con más trabajo gratis. No basta con que haya despidos masivos, familias que se estén quedando en la calle, jóvenes que ya no son tan jóvenes y siguen encadenando contratos basura, becas y paro sin una esperanza de futuro. No. Ahora tenemos que devolver a nuestra sociedad todo lo que nos ha dado trabajando gratis.

Desde luego, daré gracias siempre por haber tenido la suerte de nacer en el país en el que he nacido, el haber podido estudiar, formarme y que, a pesar de todas las dificultades, nunca me haya faltado nada para comer.  Sin embargo, ahora mismo, sólo quiero poder trabajar y ganarme el pan con mi trabajo. ¿Es mucho pedir? Ni si quiera quiero comprarme una casa, ni un coche, ni grandes lujos.

Tengo 27 años y quiero independizarme. Tener para pagarme un alquiler modesto y poder avanzar en mi vida. Sentir que, con mi trabajo, estoy contribuyendo a crear una sociedad mejor. Quiero contribuir con mis impuestos a que las personas que llevan trabajando toda la vida puedan tener una jubilación digna. Quiero poder jubilarme en algún momento. Quiero poder contribuir con mis impuestos a tener una sanidad y una educación mejor. Un transporte público mejor. Quiero poder invertir en igualdad de oportunidades. En servicios sociales. En investigación. En cooperación. En desarrollo. Quiero que no se vaya a la mierda todo el esfuerzo que han hecho tantas personas para llegar hasta aquí.

Y, eso, sí es devolver a la sociedad todo lo que me ha dado. Pero para eso, necesito un empleo.

#gratisnotrabajo


La revolución que no esperaban…

Quién le iba a decir a Zapatero hace unos años que, siendo Presidente de España, se iba a crear toda esta revolución social y que se iban a montar manifestaciones históricas y multitudinarias. Fuimos muchas las personas que nos alegramos de que fuera elegido Presidente y que confiamos en sus ganas para mejorar nuestra realidad. Y así fue durante los primeros años.

Pero luego llegó la crisis y todo empezó a desvanecerse. Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. El amor y, por lo visto, también los ideales y principios políticos que llevaron a al PSOE al Gobierno. Aquel ministerio de Igualdad que era una prioridad, pasó a ser otra cosa. Las ayudas sociales empezaron a convertirse en recortes sociales. El paro creció y creció cada vez más. La juventud precaria con contratos basura llegó a tener 35, 36, 37 años. El paro juvenil superó el 40% a nivel nacional y superó el 50% en la Comunidad Valenciana. El número de hogares sin ningún ingreso alcanzó la increíble cifra de 1.386.000. El diálogo con los sindicatos acabó siendo, una vez más, una compraventa de ideales y principios.

Y después llegó el #15m.

Paul Hanna - Reuters

Nadie esperaba que tantas y tantas personas salieran a la calle -o, más bien, a las plazas-. Y que, además, sue se quedaran ahí durante días y días. Que se fuera sumando cada vez más gente y cada vez en más ciudades. Y en diferentes países. Se contagian los sueños, la alegría y las ganas de hacer algo. De movernos de verdad.  Lo cierto es que muchas personas que llevan tiempo trabajando para cambiar las cosas, pero la magnitud que ha alcanzado esto era impensable. De una manifestación de la que pasaron los “grandes medios” españoles, hemos acabado protagonizando portadas internacionales, como  La Repubblica, The Washington Post o Le Figaro.

Durante estos días, me he quedado embobada mirando la Puerta del Sol a través de esta gran ventana que es Internet. Una vez más, se ha visto cómo los medios de comunicación pueden utilizarse para hacer democracia, para mover a la ciudadanía y para hacerle reflexionar de verdad (o lo que ha pasado a llamarse #periodismoreal). De repente, pequeños (pero muy grandes) medios como Periodismo Humano, estuvieron al pie del cañón desde el principio y demostraron que otro periodismo era posible, consiguiendo además que su número de visitas se multiplicara y fuera creciendo más y más en pocas horas. Apareció SolTv, que nos ha mostrado en directo y sin interrupciones que la gente no se va, que sigue ahí, luchando de forma pacífica. Gracias a Twitter y Facebook la gente ha seguido organizándose, informando, publicando y moviendo imágenes que ya han hecho historia.

Foto de Jacobo Menéndez, o aquel desconocido que acabó siendo portada de El País

Los grandes medios no tuvieron más remedio que hacerse eco de todo lo que está pasando y reposicionarse. A pesar de que hayamos podido escuchar burradas, como que este tipo de joven que se manifiesta se queja de vicio porque puede irse a Londres por 30 euros, las ciudadanas y ciudadanos han dicho las cosas alto y claro (gracias, Cristina).

Su organización, improvisada porque nadie esperaba esta respuesta multitudinaria, es de admirar. Las plazas de la relexión son la muestra de que la gente no duerme y que una cosa es que no confíe en la política que existe en estos momentos y, otra muy distinta, que no crea en la política y en la democracia.

J.M. Martín - 20 Minutos

Una de las cosas que más me llena de ilusión es que el feminismo haya mostrado que está ahí y que es parte IMPRESCINDIBLE de la revolución. Sin feminismo no hay revolución. Y, cómo no, también se han escuchado muchas voces contrarias y quejicas, porque parece que todo lo que tenga que ver con “feminismo” siempre escuece un poco. Cada vez que alguien se molesta por escuchar feminismo, pienso que sigue sin conocer su verdadero significado. En todas las asambleas se ha hablado de democracia real y de participación ciudadana. Nada de eso es posible sin igualad de género. Y ahí está la gran pancarta: “La revolución será feminista o no será”.

Tengo mil sensaciones encima y todo esto me está devolviendo la esperanza. Como tantas y tantas personas de mi generación, no me siento una ni-ni. No lo soy. Es increíble que nos hayan echado la culpa de haber podido estudiar y tener unas comodidades que no tuvieron nuestros padres y madres y, mucho menos, nuestras abuelas y abuelos. Es increíble que ahora nos acusen de poder haber disfrutado de todo lo que las generaciones anteriores habían querido para nosotras y nosotros y que con tanto esfuerzo consiguieron. Ahora, sabemos que el presente que tenemos y que el futuro que nos espera no será, ni mucho menos, más fácil que el de hace 20 o 40 años. Porque nos lo han quitado. Nos bautizan como generación perdida o nini y nos acusan de pasar de la política, de no comprometernos socialmente, de ser pesimistas y antisistema.

Paul Hanna - Reuters

Ahora, hemos demostrado que somos el motor de cambio que esta sociedad necesita. Que no se puede hablar de “antisistema” cuando estamos pidiendo una democracia de verdad. Nos movemos y llevábamos mucho tiempo moviéndonos. Ahora lo hemos demostrado en grupo, en multitud. Y, si el 15 de mayo la mayoría de manifestantes eran jóvenes, la juventud de este país ha conseguido movilizar a todas las generaciones. Porque esta revolución es de hombres y mujeres de todas las edades. Porque esta situación nos afecta de verdad a toda la sociedad…

Desde Italia, todo se ve muy, muy grande… y las ganas que tengo de estar allí son enormes. No sé cómo se sentirán todas las personas que están viviendo este movimiento en las calles, pero yo lo siento como algo realmente importante. No sé si todo esto dará resultados concretos y reales (espero con toda mi alma que sí), pero ya hemos hecho mucho.

Desde luego, lo que no creíamos era que esta lección al mundo se extendería como se está extendiendo. En países como en el que vivo ahora, creo que la clase política y los medios empiezan a tener miedo. Lógicamente, en la televisión del señor Berlusconi no he conseguido ver casi nada de lo que está pasando en España. La mayoría de la gente a la que le he preguntado si sabían algo la revolución española me ha dicho que no o que sólo habían oído algo.  Aún así, la gente empieza a organizarse y en los últimos días, ya se han convocado asambleas y acampadas en algunas de las grandes ciudades de Italia. Parece que cada vez se unen más personas…

Democracia Real Ya llega a Italia. Primera asamblea en Bologna, 20 de mayo de 2011

Independientemente de lo que pase hoy, esta crisis económica y política va mucho más allá de unas elecciones. Queda mucho trabajo por hacer y espero que este espíritu de cambio dure por mucho tiempo…