La sorpresa

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De mayor

Hace unas semanas, desde UGT me pidieron un testimonio como joven exiliada. La verdad es que no sabía ni por dónde empezar… No quería escribir un relato tan personal, pero esto es lo que salió.

Me puse a llorar mientras guardaba mis títulos en la maleta. No cabían en el equipaje de mano y tenía miedo a perderlos o estropearlos. Era lo más importante que tenía y llegaba tarde al aeropuerto. Estaba nerviosa. Tenía miedo. Estallé por una tontería. No podía parar de llorar y no quería que mi familia me viera así justo antes de marcharme a Uruguay.

Hace ya más de un año de aquello. Me encanta viajar y nunca he tenido problemas para cambiar de ciudad o de país. Sin embargo, era la primera vez que me iba tan lejos y me daba una rabia enorme irme de aquella forma. Me asustaba no tener dinero para volver si algo no salía bien. Estaba invirtiendo mis pocos ahorros en irme a la otra punta del mundo a buscar trabajo. Estaba muy ilusionada, pero me daba una tristeza enorme pensar que no podría volver de visita, ni siquiera una o dos veces al año. Sabía que gran parte de mis amigas, amigos y familia tampoco podía permitirse venir a visitarme.

Irme tan lejos me producía una gran ansiedad, pero me producía aún más ansiedad seguir igual. Llevaba años entre trabajos temporales, voluntariados, cursos, becas y paro. No sólo sentía que mi licenciatura en Periodismo y mi máster en Estudios de Género no servían para nada, sino que además, empezaba a tener la sensación de ser incapaz de hacer nada. Algo tenía que cambiar.

Cuando llegué a Montevideo las cosas no fueron sencillas, pero fue una experiencia realmente positiva. Tuve la suerte de hacer este viaje con una de mis mejores amigas y las dos fuimos muy bien preparadas. Por supuesto, nos llevamos todos los documentos listos para residir y trabajar y nos habíamos informado de todos los trámites que teníamos que realizar allí. Éramos conscientes de que los primeros meses iban a ser complicados, pero estábamos más que convencidas de que era algo que teníamos que intentar. En cosa de un mes, encontré un empleo en el que de verdad valoraron mi formación y experiencia. En Uruguay, hay muchísima precariedad laboral y sueldos bajísimos, pero existen expectativas de ir mejorando, poco a poco, y poder aprender y crecer profesionalmente.

A pesar de que América Latina se portó muy bien conmigo, por motivos personales volví a Europa. Ahora vivo en Bolonia, Italia, y mi situación sigue siendo inestable. Bueno, muy inestable. Desde hace unas semanas vuelvo a buscar empleo, pero estoy consiguiendo ir tirando, poco a poco. Intento mantenerme positiva, buscar alternativas. O crearlas. No me da miedo cambiar de ciudad, ni de país, ni de profesión. Me encantaría poder emprender un proyecto personal, pero ni es tan sencillo, ni todas las personas jóvenes podemos convertirnos en emprendedoras.

Como buena parte de mi generación, gracias a la crisis, he podido acumular experiencias vitales y profesionales realmente importantes que, seguramente, de otro modo no habría tenido. Me alegro de haber realizado trabajos muy diferentes, conocer otros lugares, personas, culturas. Sé que todo eso me acompañará siempre. Sin embargo, tener una vida profesional tan inestable (o flexible, como parece que les gusta llamar a algunos), tiene sus consecuencias no sólo a nivel económico, sino también a nivel personal. Estoy cansada de esos discursos que nos culpan de nuestra propia desgracia y nos obligan a aceptar contratos de prácticas con sueldos inexistentes o de 300 euros al mes. Cada vez que escucho expresiones como emprender, búsqueda activa de empleo, contratos de formación… no sé si reír o llorar. ¿Buscar algo que no existe? ¿Por qué no hablan de creación activa de empleo? ¿Emprender? ¿Con qué dinero? ¿Contratos de prácticas hasta los 35 años? No hablemos de cosas como ser madre… Eso eliminaría por completo todas mis posibilidades de encontrar un empleo.

Me gustaría ser capaz de empezar una vida y, por fin, poder pasar más de un año entero en la misma ciudad. Estoy agotada. No sé ni dónde está mi casa y necesito sentir que tengo algo. Un hogar, una vida. Serán cosas de estar rozando los 30 y seguir teniendo una economía de estudiante de 19 años… Aún me acuerdo cuando nos hacían aquella pregunta: “¿qué quieres ser de mayor?”. De mayor. ¿A qué edad somos mayores? ¿A qué edad voy a poder decidir qué ser? Hemos crecido en la sociedad del progreso, de los planes, de “estudiar para ser alguien el día de mañana”. Nadie nos explicó que ya éramos alguien y que el futuro no existe.

Pero en ello estamos, intentando crear un futuro, intentando sentirnos alguien.

Artículo publicado en L’ALTAVEU Butlleti informatiu de la joventut ugetista del País Valencià Octubre 2013

*Una aclaración tal vez innecesaria:
No milito en ningún partido ni sindicato. Sin embargo, como periodista y ciudadana, me parece importante y necesario colaborar en espacios de participación y construcción social.


(e/in)migraciones

Somos hijas, nietos, nietas de emigrantes. De inmigrantes. De personas que viajaron para poder sobrevivir. Mi abuela nació en Francia cuando su madre y su padre se fueron allí a vendimiar. Después, volvieron al pueblo, a Salamanca. Pero la vida no era nada fácil. En tiempos en los que sólo existían las cartas y las distancias eran mucho más lentas y difíciles, mi abuela, con 14 años, se fue sola desde un pueblecito de Salamanca a Valencia.

Son  historias con las que hemos crecido y que parecían lejanas. ¿Quién no ha escuchado hablar sobre tío que se marchó a Cuba y nunca más se supo de él?

Ahora, mi generación, la generación perdida, escapa también de este país. Afortunadamente, tenemos muchos medios para seguir manteniendo el contacto con las personas que queremos, estén en el lugar que estén. Pero, evidentemente, el miedo y la soledad siguen pesando en la distancia. Emigrar, irse lejos, no es nada fácil y, además, hacen falta recursos para ello.

Somos descendientes de emigrantes. Personas que llegaron a algún lugar siendo inmigrantes. Trabajaron duro para volver a España, para mantener una familia, para seguir adelante. Ahora, mi abuelo, que trabajó desde los siete años, me mira diciéndome que la juventud de ahora tiene las cosas complicadas. Dice que su generación fue de mal a bien y que la nuestra va de bien a mal.

Yo, como tanta otra gente, estoy a punto de irme con lo puesto a la otra punta del mundo. Aún no sé muy bien qué será de mí, ni dónde acabaré. Pero me voy.

Me está asfixiando este aire. Desde hace mucho. Mucho tiempo. Estoy agotada. A mis 27 años estoy agotada. Y quiero coger la energía que me queda para irme lejos, para empezar, para buscar, para encontrar, para conocer y para vivir.

Voy a ser emigrante. Voy a ser inmigrante. Como miles y miles de personas de este país. De este país que está negando la sanidad a quienes vinieron aquí buscando una salida a una situación complicada. Seguramente, bastante más que la mía. Pero la hipocresía es así. Seguramente, quienes niegan la sanidad a personas inmigrantes tienen la suerte de poderse pagar un seguro privado. Estén en España o fuera de España.

Pero, quizás, no se den cuenta de que pueden pagarse ese seguro privado gracias al trabajo y el esfuerzo que hicieron muchas y muchos españoles que migraron en los años 40, 50 y 60. Quizás, no se den cuenta de que todas las personas, en todos los lugares, alguna vez en la vida, tienen que emigrar. Moverse, luchar y pelear para salir adelante. Para poder vivir.
Voy a ser inmigrante. Soy española. Soy europea. Soy blanca. De clase media y con estudios. Voy a ser inmigrante. En algún lugar de este mundo, voy a ser inmigrante.

Hasta ahora, nunca me ha faltado la comida, la casa y la ropa. Pero con 27 años no puedo empezar una vida independiente. Estoy cansada. Harta. Harta de esa gente que quita la salud a quienes vinieron aquí a buscar una salida. Harta de esa gente que quita la salud a personas migrantes porque simplemente creen que no merecen vivir.

Y no me pongan excusas. Es así. Creen que no tienen derecho a vivir. Aquí no les dejan ir al médico y lo único que quieren es que vuelvan al lugar del que vinieron. No les importa si huían de una guerra, de la violencia o del hambre. Simplemente, aquí, les sobran. A pesar de que abran las fronteras al capital. El dinero puede pasar, pero las personas se tienen que quedar fuera.

Es gracioso que nos manden a Laponia mientras no les importa un carajo la vida de las personas que vinieron aquí haciendo lo mismo que hicimos y que estamos haciendo tantas personas españolas.

Pero, no os preocupéis. Algún día, nos encontraremos camino de Laponia.