La huella de Carmela

Desde que llegué a Italia, no he vuelto a escribir aquí a pesar de todas las cosas que quiero compartir. Se me escapan los días y el tiempo, pero ésta está siendo una experiencia muy grande y pronto sacaré un ratito para contar las pequeñas cosas que voy haciendo y conociendo.

De momento, dejo este vídeo que me llegó esta semana y que está lleno de ternura, sabiduría, cuidado y respeto por el mundo que todos compartimos. Me recordó tanto a las grandes mujeres de mi pequeño pueblo… Y, cómo no, a mi abuela que todo lo remienda y aprovecha….


Il corpo delle donne

Acabo de encontrarme con este documental y no puedo evitar compartirlo. Se trata de una reflexión sobre la utilización de los cuerpos de las mujeres en los medios de comunicación italianos, sobre la identidad femenina y la destrucción de nuestra propia autenticidad como seres únicos…

Después de ver este vídeo y pensar un poco, ¿aguien puede creer que esta humillación constante no es violencia de género?


Sin tetas no hay paraíso

Cansada de ver esta imagen a enormes dimensiones en la Avenida de Torrente, el otro día, me tropecé con un puesto  de folletos que llevaban esta misma publicidad. Así que me llevé uno a casa para poder escanearlo y denunciarlo al Observatorio de la Imagen de las Mujeres.

La verdad es que este anuncio necesita poca explicación… Lo cierto es que cumple su misión de llamar la atención y, teniendo en cuenta que anuncia un aumento de pecho, ¿qué se puede esperar? La cirugía estética es, quizás, la muestra más evidente de la importancia que tiene la imagen en nuestra sociedad, sobre todo, cuando es utilizada para conseguir los cánones de belleza que marcan la publicidad y los medios de comunicación.

En el caso concreto de este anuncio (como en tantísimos otros), se persiguen formas imposibles para las mujeres reales (delgadez y pechos enormes) que poco tienen de saludables.

Una vez más, podemos ver el cuerpo fragmentado de una mujer, de la que sólo se ve su tronco y, especialmente, unos grandes pechos. Pero, sin duda, lo mejor es la frase: “Dos buenas razones para venir”. Las dos razones, hacen referencia al precio y a la calidad de los médicos que trabajan en la clínica anunciante. Sin embargo, es evidente que las dos razones que primero se captan no son esas…

Si nos fijamos un poco, también hay un pequeño detalle interesante: el cinturón. No es que pase desapercibido, pero claro, la vista se dirige primero a otros lugares de la imagen. En fin, el caso es que si nos fijamos en la hebilla del cinturón, también podemos ver que aparece la silueta de una mujer muy delgada, con unos pechos enormes y con una postura que parece decirnos que está ahí, disponible para lo que haga falta.

En fin, publicidad poco sutil, facilona, simple, poco creativa y otras mil cosas más… pero desde luego que cumple  su función: no podemos resistirnos a mirarla y a fijarnos en ella.

 


Redes con visión de género

Últimamente, están aumentando las publicaciones de calidad y alternativas en la web. Las mujeres estamos encontrando utilizando Internet para alzar nuestra voz, luchar por nuestros derechos y hablar de los temas que de verdad (nos) importan.

Uno de los proyectos más interesantes que he encontrado en la red en el último año es la revista UNA Redes con Visión de Género. Desde este mes de octubre, está disponible el tercer número de la revista y estoy más que contenta porque  me han publicado un artículo. Quiero felicitar a Andrea Secchi, Paula Mattio y Mónica Aldegunde, creadoras de  UNA, por su dedicación y por el resultado que han conseguido con cada número de la revista.

Os invito a conocerla, es chulísima…


La novia-madre perfecta

Muchas mujeres, en alguna ocasión de nuestra vida, nos hemos convertido sin quererlo en una especie de novia y madre perfecta. No sé muy bien a qué se debe ni de dónde surge pero es algo que últimamente estoy observando a mi alrededor…

La construcción cultural del amor y las relaciones aún sigue siendo una de las cuestiones de género más difíciles de cambiar. Los afectos y las formas de relacionarnos son producto de una educación y de una construcción cultural que hemos ido asumiendo y asimilando desde que nacemos. A las mujeres nos enseñan a cuidar y a los hombres a ser cuidados. Sí, ellos deben protegernos de los grandes peligros, ser nuestros “héroes”, pero en la vida real y en el día a día, quienes cuidamos (o quienes “debemos” cuidar), somos las novias-madres perfectas.

Creo que esto da como resultado el mito de una especie de “novia-madre”, que en realidad es la “novia perfecta”. Ese prototipo de chicas que no son para una noche loca, sino para algo más. Una madre para sus hijos y una mujer que sepa cuidar de ellos, consolarlos y darles ánimos cuando están mal. Una mujer que se quede cuidando de ellos un sábado por la noche cuando están enfermos. No estoy hablando ya de la perfecta casada y no tiene por qué ser ama de casa, sino simplemente dar afecto y cuidar siempre que lo necesiten. Es decir, de la misma forma que a las mujeres de hace no demasiados años se las enseñaba a cuidar de la casa, los hijos e hijas, del hogar y del marido, ahora, aunque tengamos un empleo fuera de casa, seguimos manteniendo ese cuidado a nivel afectivo. Dar y dar aunque no recibamos el mismo cuidado cuando nosotras lo necesitamos.

Por ejemplo, últimamente, he observado algunas situaciones en las que chicos jóvenes se han aburrido de su novia de toda la vida (que suele ser una “novia-madre”) y las han dejado en busca de una temporada algo loca. Sin embargo, llega un momento en el que se sienten vacíos y necesitan algo más. En su búsqueda nocturna, hay un día que se tropiezan con una persona o una situación que le da pie a profundizar algo más, hablar de cosas que de verdad les afecta de forma emocional y, de repente, ahí está, otra novia perfecta. Quizás con las anteriores no se molestaron en querer saber más, pero en esta han visto algo diferente y se lanzan a la piscina. Lo dan todo al principio. Hablan del amor y nos hacen creer que de verdad se han enamorado de nosotras. Llegan los mensajes, las llamadas, algún café tranquilo… y parece que él quiere algo más.

Nosotras (que ya nos sabemos el cuento, no tenemos nada de tontas y no nos creemos la palabrería fácil) vemos que, al menos, parece que ese chico nos da buena conversación, tenemos temas en común, nos hace pasar un buen rato y  estamos a gusto. Así que, aun con pies de plomo y sin buscar ninguna relación seria, puede que nos dejemos llevar por un momento. Le escuchas, le das consejos y tus opiniones sobre la vida en su sentido más metafísico. En fin, te conviertes sin serlo en una “novia-madre”. Entonces, él -que no buscaba una relación seria (y tú tampoco) y sólo necesitaba un poco de atención afectiva, de cuidados y de compañía (y que quizá también es lo que buscabas tú)- ve señales de peligro: “¡Creo que se está pillando! ¡Se quiere casar conmigo! ¡Huye antes de que sea demasiado tarde!”

Tras una relación seria en la que ha sido difícil dejar a esa novia-madre perfecta, quieren dejarte antes de llegar, antes de hacerte daño. No son el típico prototipo de tío cabrón y machito y, quizás por eso, han conseguido que nos creyéramos algo el cuento (porque tampoco fue mentira, sino más bien una confusión o un malentendido). Sin embargo, se asustan y huyen una vez que han tenido bastante. Y así, esa perfecta novia se convierte en la perfecta rechazada, que cuida de ellos casi de manera inconsciente y que nunca recibe lo mismo que da. Te convierten en un “tipo de mujer”, alguien que siempre está y estará ahí, dispuesta a darlo todo y que, una vez que lo ha dado todo, se rechaza.

Aunque a un nivel muy diferente y mucho más complejo, creo que es parecido a lo que ocurre en relaciones destructivas en las que mujeres y hombres llevan tiempo atrapados. A pesar de que la relación se haya roto una y mil veces, siempre hay una recaída, un perdón, alguien que siempre está ahí a pesar de todo. Hay un desequilibrio porque una de las dos personas da mucho más que la otra. La psicoanalista Mariela Michelena explica en su libro “Mujeres malqueridas” que muchas de las mujeres que ha atendido en su consulta asumen el rol de madre en las relaciones. Muestran un “amor incondicional” a pesar de todas las cosas que pueda hacer su pareja. Como ella explica, este “amor incondicional no necesita reciprocidad, eso sería un amor fallido” (p. 39).

¿Y qué hay de nuestras necesidades? ¿Quién cuida de nosotras? Todas las personas somos dependientes en mayor o menor medida y, sobre todo, en ciertos momentos de la vida.  Las parejas son diversas y es frecuente (bastante) que siempre una de las dos personas dé más que la otra, pero creo que, de algún modo, la sociedad nos conduce a las mujeres a soportar y aguantar algunas situaciones que no tendríamos por qué aguantar. Estamos ahí y nos desvivimos si nuestra pareja está mal en el trabajo, con su familia o con sus amigos. Pero, ¿obtenemos lo mismo cuando estamos mal nosotras? ¿Qué pasa cuando él ya no necesita nuestro consuelo o afecto?

Se trata de un tema muy complejo del que habría que ofrecer datos, estudios y muchos ejemplos concretos… Quizás me equivoque en muchas cosas, pero sin duda queda mucho por investigar en este terreno.


Las mujeres como arma de guerra

Tal y como han informado hoy algunos medios, dos grupos rebeldes que operan en el este de República Democrática del Congo violaron a casi 200 mujeres durante un ataque de cuatro días a la localidad de Luvungi. Naciones Unidas calcula que unas 5.400 mujeres fueron violadas en los primeros nueve meses de 2009 sólo en la provincia de Kivu Sur.

Este brutal ataque fue realizado por rebeldes de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda y de las milicias Mai Mai entre el 30 de julio y el 3 de agosto. El Cuerpo Médico Internacional (IMC) ha informado de que 179 mujeres están bajo tratamiento médico. Además, según el comunicado de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), casi todas estas violaciones fueron perpetradas por entre dos y seis hombres, delante de los niños y maridos de las víctimas.

A pesar de que las violaciones masivas a mujeres en las guerras es algo muy antiguo, también ha sido uno de los crímenes más ignorados por la justicia. Durante la guerra civil que tuvo lugar en la República Democrática del Congo (1996-2003), las violaciones y las agresiones sexuales a niñas y mujeres fueron un instrumento de guerra masivo que aún no se ha conseguido eliminar.

Según un artículo de Claudia Rodríguez en Revista Migraciones Forzadas (2007), “según las estadísticas proporcionadas por los centros de salud de la región, una media de 40 mujeres son violadas cada día en la provincia. De estas, el 13% son menores de 14 años, el 3% muere a consecuencia de la violación y el 10-12% contrae el VIH/SIDA. Los secuestros, la esclavitud sexual, las violaciones en grupo y los matrimonios forzados son habituales”.

Durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado como un instrumento de guerra. Es la expresión más brutal de posesión, de desprecio hacia todas las mujeres, de cosificación y de humillación extrema. La humillación es tanta que los hombres que agreden a las mujeres, lo hacen delante de sus maridos, como una forma de agresión no sólo a ellas, sino (y sobre todo) a ellos.

La violación es el acto que restablece el poder patriarcal. Pone las cosas en su sitio. No sólo a las mujeres por debajo (infinitamente por debajo) de los hombres, sino también a otros hombres por debajo de otros hombres. Las mujeres son sólo el arma, el instrumento, la forma de dejar claro que hay personas que deben estar arriba, otras abajo.

Además, los agresores saben que las consecuencias no sólo las sufren las mujeres, sino toda la población. Desde embarazos no deseados a muy graves enfermedades de transmisión sexual, pasando por hemorragias, heridas, lesiones y, por supuesto, el trauma psicológico que supone para todas las mujeres agredidas y, también, para sus familias.

Este crimen masivo no puede caer en el olvido. La historia está llena de mujeres violadas, agredidas, asesinadas… por hombres que han salido impunes ante los hechos. Como si no valiéramos nada. Como si nuestro cuerpo no fuera nada. Y nuestros cuerpos valen mucho. Nuestros cuerpos nos pertenecen. No queremos que nuestro cuerpo sea despreciado, sea instrumento para el dolor, para el sufrimiento, para la opresión. No queremos que nos opriman. No queremos que nos utilicen.

Queremos disfrutar de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es sólo nuestro. Nuestro. Y no queremos más dolor en nuestra piel, en nuestros huesos, en nuestro cuerpo. Queremos placer, queremos alegría, queremos vivir, disfrutar de la vida… De nuestra vida a través de nuestros cuerpos.




Anécdotas nocturnas y androcentrismos varios

Ayer, un chico, en un intento de hacerme una especie de cumplido ante su sorpresa por poder mantener conmigo una conversación (que supongo que para él tendría algo de “masculina” y por eso le resultaba extraña), me dijo: “¡tú molas mucho! ¡Tendrías que tener polla para ser perfecta!”.

Me quedé sin palabras y con una cara que debió de hablar por sí sola. Un sábado por la noche no es momento de ponerse trascendental –entre otras cosas, siempre que lo hago, acabo resultando bastante pesada, lo sé-, así que simplemente pensé: “Joder, ser hombre está tan valorado que hay gente cree que si las mujeres tuviéramos pene seríamos perfectas”. ¿En qué momento ha creído alguien que queremos ser como ellos? ¿Cómo pueden los hombres sentirse tan atraídos por cuerpos de mujeres sin valorarlos nada?

A partir de ahí, empecé a observar la noche de otra forma. Si te fijas en estas pequeñas grandes cosas, te das cuenta de que cada movimiento, cada comentario, pada pequeño detalle gira alrededor de los hombres. Cuando empiezas a observarlas y a ser consciente de ellas, no puedes dejar de verlas por todas partes. Es difícil poderse relajar y es algo que agota mentalmente. Sé que a veces las personas que tenemos estas “manías” resultamos un poco… cansinas e, incluso, pueda parecer que no tenemos sentido del humor (no es así, ¡es que nos reímos de otras cosas!), pero no podemos evitarlo.

Así que ayer, a partir de ese pequeño comentario tonto, empecé a pensar en que mucha gente cree que las feministas queremos ser como los hombres en todos los sentidos. Ser hombre (y masculino) está tan sobrevalorado que hay personas que piensan que la igualdad es ser como los hombres y hacer lo que ellos hacen y han querido para ellos. Es decir, formar parte de esas estructuras patriarcales que sólo se construyeron teniendo en cuenta sus propias necesidades o que nos gusten las cosas muy valoradas tradicionalmente por los hombres (y, por extensión, por toda la humanidad).

Sin embargo, ser feminista no tiene nada que ver con eso. Por ejemplo, es como si la igualdad fuera que a las mujeres les tiene que gustar el futbol. Ser feminista es tener derecho a que no te guste y derecho a que te guste el futbol y a jugar si te da la gana. Ser feminista es ponerte tacones porque simplemente te apetece. O no ponértelos nunca porque son incómodos.

En fin, creo que nos queda mucho trabajo para revalorizar todo aquello que se ha asociado tradicionalmente a las mujeres. También nuestros cuerpos. Esos tan atractivos con los que se comercia, se vende, se trafica y que son explotados. Pero no se valoran. Valen mucho, pero no se valoran nada.

Fotografía: Vanessa Beecroft