Ojalá, compañero

Ojalá algún sientas la necesidad. La necesidad de entender cómo me siento. Cómo nos sentimos. Ojalá no te baste mirar para entender esto tan complejo. Ojalá sientas la necesidad de preguntar, de leer, de buscar respuestas. De observar con atención para dejar de mirar y empezar a ver.

Ojalá algún día busques libros de viejas feministas. De nuevas feministas. Ojalá algún día busques en el periódico las columnas de opinión de mujeres feministas. Ojalá sea lo primero que leas por la mañana. Para entender. Para saber. Para intentar cambiar algo desde tu lugar privilegiado. Para tener respuestas a los comentarios machistas de tus amigos machistas. De tus compañeros de trabajo machistas. De tus compañeros de bar machistas. De todos los hombres con los que te cruzas por tu vida de hombre.

Ojalá algún día busques libros para entender por qué tu madre sigue teniendo ideas machistas. Ojalá algún día quieras entender por qué tu madre sigue con tu padre a pesar de todos sus desprecios y humillaciones. Ojalá quieras entender, de verdad, por qué tu hermana decidió dejar su trabajo cuando se casó.

Ojalá, de verdad, quieras conocer a las mujeres de tu vida. Sin creerlas tuyas. Ojalá, te interese la vida de las que están lejos. De las que viven en situaciones aún peores.

Ojalá, sientas empatía sin caer en el paternalismo.

Ojalá algún día quieras entender, de verdad, cómo se vive siendo una mujer. Ojalá algún día quieras saber cómo se siente al sentirse una mujer. Al ver, día a día, tantas imágenes, comentarios y desprecios hacia nosotras mismas, hacia nuestros cuerpos, hacia nuestra identidad, hacia nuestro ser, nuestra alma, nuestra vida.

Ojalá algún día te hagas preguntas. Ojalá algún día busques repuestas. Ojalá algún día actúes.

Ojalá algún día sepas encontrar tu lugar como hombre feminista. Cuando te hayas callado para escucharnos. Cuando hayas dejado de escribir para leernos. Cuando hayas empezado a entender, a ver, a observar, a preguntar. Cuando empieces a hacer de tu espacio un espacio feminista, desde tu privilegio, desde tu poder. Ojalá sepas aprovechar tu privilegio para cambiar algo. Ojalá sepas cómo deshacerte de ese privilegio cuando no sirva para nada bueno.

Ojalá te hagas preguntas. Ojalá busques respuestas. Ojalá quieras, de verdad, saber cómo nos sentimos. Cómo estamos. Qué queremos. Qué buscamos.

Ojalá sepas vernos. De verdad. Sin filtros. Sin machismo.

Ojalá, algún día, pueda llamarte compañero.


Los hombres no son así

En la prensa y la televisión en Italia no se habla hoy de otra cosa. Un chico de 17 años ha matado a su ex novia de 15. Además, con una crueldad que remueve todo por dentro. Primero, la ha acuchillado y, al ver que no se moría, la ha quemado viva.

Por lo visto, el chico era celoso. No asumía el final de la relación. Ya hemos visto fotos de la menor por todas partes y todos los detalles escabrosos del asesinato. Este caso tiene todo para conmover y los medios de comunicación lo utilizan sin tener en cuenta el daño que pueden hacer a nuestra sociedad.

Basta ya. Las mujeres y asociaciones feministas en Italia están gritando basta. Aunque se empiece a utilizar los términos femicidio y feminicidio, parece que los medios de comunicación siguen sin tener muy claro de qué se trata. O no se quieren enterar.

Femicidi_2012_scheda grafica

En España, las cosas no están mejor. Se supone que tenemos una ley contra la violencia de género y una ley de igualdad para conseguir eliminar, de verdad, la discriminación de las mujeres de nuestra sociedad. Sin embargo, los recortes han frenado todo. Ante esta crisis económica, la violencia contra las mujeres no es más que una cosa que ha existido siempre y que, por ello, algo que jamás podremos cambiar.

grafico-violencia-genero-victimas_EDIIMA20130524_0640_13

¿Estamos demasiado acostumbrados y acostumbradas a que un ex novio, ex marido, novio o marido mate a una mujer? ¿Hemos normalizado esta violencia? ¿Cómo puede esta sociedad “avanzada” pensar que es natural que los hombres maten a las mujeres? Si es natural que los hombres maten a las mujeres… me voy de este mundo. Quienes hacen de esta violencia algo inevitable no sólo hacen de nosotras, las mujeres, unas eternas víctimas, sino que además insultan a todos los hombres que creen en una sociedad igualitaria y que luchan para cambiarla. No me creo que los hombres no puedan contener sus impulsos sexuales y por eso violen a las mujeres. No me creo que los hombres no puedan evitar matar a su ex novia porque tienen ataques de celos. Los hombres no son así.

¿Cómo vamos a terminar con la violencia si seguimos impasibles ante las desigualdades más básicas? Los asesinatos que llaman pasionales, no tienen nada de pasión. Esos ataques de celos que parecen incontrolables no son más que la punta del iceberg de una sociedad que humilla día a día a las mujeres y que potencia en los hombres actitudes de dominación y superioridad, ya sea en las relaciones íntimas de la esfera “privada”, como en la vida pública y los círculos de poder donde sólo vemos a señores con corbata.

La joven de 15 años que ha sido asesinada en Italia, ha sido asesinada porque es una mujer. Porque ha nacido mujer en una sociedad machista y patriarcal que entiende las relaciones desde la dominación, el control y la dependencia. Una gran parte de los y las jóvenes aún sigue pensando que los celos son un signo de amor. Los medios de comunicación así lo recuerdan: locura de amor, amor criminal, asesinato pasional, ataque de celos. Es una forma más de esconder la violencia de género. Igual que hablar de violencia familiar, drama familiar, tragedia doméstica… Hay quien piensa que hablar tanto de estos términos y criticar que no se utilicen adecuadamente es exagerado. No lo es.

Las palabras son una construcción cultural, igual que la violencia machista. Las personas que se dedican a la política y los y las profesionales de los medios de comunicación deberían saber, como mínimo, de qué hablan y utilizar las palabras adecuadas para contextualizar el problema, dar soluciones y ofrecer información de utilidad.


Situaciones insostenibles


La imagen del poder

Foto del encuentro de los grandes empresarios con el Rey para buscar salidas a la crisis

¿Quién dijo igualdad?

 

 


(e/in)migraciones

Somos hijas, nietos, nietas de emigrantes. De inmigrantes. De personas que viajaron para poder sobrevivir. Mi abuela nació en Francia cuando su madre y su padre se fueron allí a vendimiar. Después, volvieron al pueblo, a Salamanca. Pero la vida no era nada fácil. En tiempos en los que sólo existían las cartas y las distancias eran mucho más lentas y difíciles, mi abuela, con 14 años, se fue sola desde un pueblecito de Salamanca a Valencia.

Son  historias con las que hemos crecido y que parecían lejanas. ¿Quién no ha escuchado hablar sobre tío que se marchó a Cuba y nunca más se supo de él?

Ahora, mi generación, la generación perdida, escapa también de este país. Afortunadamente, tenemos muchos medios para seguir manteniendo el contacto con las personas que queremos, estén en el lugar que estén. Pero, evidentemente, el miedo y la soledad siguen pesando en la distancia. Emigrar, irse lejos, no es nada fácil y, además, hacen falta recursos para ello.

Somos descendientes de emigrantes. Personas que llegaron a algún lugar siendo inmigrantes. Trabajaron duro para volver a España, para mantener una familia, para seguir adelante. Ahora, mi abuelo, que trabajó desde los siete años, me mira diciéndome que la juventud de ahora tiene las cosas complicadas. Dice que su generación fue de mal a bien y que la nuestra va de bien a mal.

Yo, como tanta otra gente, estoy a punto de irme con lo puesto a la otra punta del mundo. Aún no sé muy bien qué será de mí, ni dónde acabaré. Pero me voy.

Me está asfixiando este aire. Desde hace mucho. Mucho tiempo. Estoy agotada. A mis 27 años estoy agotada. Y quiero coger la energía que me queda para irme lejos, para empezar, para buscar, para encontrar, para conocer y para vivir.

Voy a ser emigrante. Voy a ser inmigrante. Como miles y miles de personas de este país. De este país que está negando la sanidad a quienes vinieron aquí buscando una salida a una situación complicada. Seguramente, bastante más que la mía. Pero la hipocresía es así. Seguramente, quienes niegan la sanidad a personas inmigrantes tienen la suerte de poderse pagar un seguro privado. Estén en España o fuera de España.

Pero, quizás, no se den cuenta de que pueden pagarse ese seguro privado gracias al trabajo y el esfuerzo que hicieron muchas y muchos españoles que migraron en los años 40, 50 y 60. Quizás, no se den cuenta de que todas las personas, en todos los lugares, alguna vez en la vida, tienen que emigrar. Moverse, luchar y pelear para salir adelante. Para poder vivir.
Voy a ser inmigrante. Soy española. Soy europea. Soy blanca. De clase media y con estudios. Voy a ser inmigrante. En algún lugar de este mundo, voy a ser inmigrante.

Hasta ahora, nunca me ha faltado la comida, la casa y la ropa. Pero con 27 años no puedo empezar una vida independiente. Estoy cansada. Harta. Harta de esa gente que quita la salud a quienes vinieron aquí a buscar una salida. Harta de esa gente que quita la salud a personas migrantes porque simplemente creen que no merecen vivir.

Y no me pongan excusas. Es así. Creen que no tienen derecho a vivir. Aquí no les dejan ir al médico y lo único que quieren es que vuelvan al lugar del que vinieron. No les importa si huían de una guerra, de la violencia o del hambre. Simplemente, aquí, les sobran. A pesar de que abran las fronteras al capital. El dinero puede pasar, pero las personas se tienen que quedar fuera.

Es gracioso que nos manden a Laponia mientras no les importa un carajo la vida de las personas que vinieron aquí haciendo lo mismo que hicimos y que estamos haciendo tantas personas españolas.

Pero, no os preocupéis. Algún día, nos encontraremos camino de Laponia.


Unos pocos euros

En España, más de cinco millones de personas estamos en el paro. Se dice pronto: la tasa de desempleo ha llegado al 23,6%. De esta gran parte de la población sin empleo, cuatro de cada diez personas no recibe ninguna prestación ni subsidio.

Nos dicen que luchan por el derecho a la maternidad mientras nos suben las horas de la jornada laboral y nos bajan los sueldos. Nos quitan, además, el derecho a enfermar. Y el despido es más fácil que nunca.

Nos dicen que no va a bajar la calidad en la enseñanza mientras anuncian que han decidido hacinar a más de 30 estudiantes por clase y no sustituir a profesores y profesoras que tengan una baja menor a diez días. Así que el próximo curso, muchos interinos no tendrán empleo.

Entre una cosa y otra… ¡qué aficiones tiene nuestro monarca! Nos enteramos de que el rey se ha ido a cazar elefantes y que se ha gastado un dineral. Una cifra que a mí se me escapa. Que nunca he tenido y que, a este paso, no ganaré ni juntando todos los años de mi vida laboral. Porque soy una de esas jóvenes (ya no tan joven) a punto de marcharse a Laponia.

Al menos, tuve la suerte de poder estudiar una carrera universitaria. Si tuviera que empezar a estudiar el próximo mes de septiembre, no sé si podría hacerlo. Nos van a subir las tasas hasta un 66% porque antes pagábamos muy poco.

Y, ¿cómo esperan que ahora, en estos momentos en el que no tenemos ni dinero ni trabajo, podamos pagar aún más por la matrícula de la universidad?

Penalizarán a estudiantes que suspendan. ¿Y cómo harán para pagar la universidad quienes no tengan beca? Porque son muchas las razones por las que estudiantes de la universidad suspenden asignaturas… una de ellas es que, como tenemos la mala costumbre de comer todos los días, hay quien además de estudiar tiene que trabajar.

Pero bueno, ahora eso ya no será un problema porque tampoco hay empleo…

Nos llamaban generación ni-ni, echándonos la culpa de que no queríamos hacer nada, ni estudiar ni trabajar. Ahora parece que es la única opción que están dando a esta sociedad…

Esta sociedad por la que tanto han luchado (y siguen luchando) esas mujeres y hombres a quienes estamos robando la salud. A quienes se les está bajando las pensiones a través de la sanidad.

Pero seamos realistas, son sólo cuatro cafés a dos euros. Son sólo unos pocos euros…

Unos pocos euros… ¡¡¿comparado con qué?!!

¿Con el sueldo de Rajoy?

¿Con lo que ha pagado el Rey Don Juan Carlos para matar elefantes? Entonces sí que son unos pocos euros…

¡Ay! ¡Qué relativo es todo! Hay quien no tiene dinero para cuatro cafés al mes, mientras que para otra gente irse a cazar elefantes son sólo unos pocos euros.

Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con lo que gana el rey al año. Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con los sueldos de quienes no han notado la crisis. Con el dinero que se ha llevado la banca causante de la crisis. Con los que se lleva cada año la Iglesia de nuestros impuestos.

Pero no importa el dineral que se haya gastado el rey. Ya ha pedido perdón. Todo olvidado. Es buena gente. Qué gesto de humildad. Con esa voz temblorosa y esa mirada triste pidiendo perdón al pueblo…


Por si todo esto fuera poco, para que permanezcamos en silencio y aceptemos cada uno de sus abusos de poder, intentan criminalizar nuestras protestas en la calle. Y aún hay más: anuncian que volverán a controlar la radio y la televisión pública. Porque, por lo visto, también son medidas para acabar con la crisis.

Todo esto en un par de semanas.


Es violencia

Está de moda culpar a las personas desempleadas de no tener empleo, de no esforzarse, de no haber estudiado lo suficiente, de haber estudiado demasiado (y gratis), de aprovecharse de las ayudas públicas, de ser parásitos, de no irse a Laponia a trabajar porque es más cómodo y fácil quedarse en su barrio, de banco en banco, sin hacer nada.

Es la estrategia más cruel para atrapar a las víctimas en el miedo en la incertidumbre, en la culpabilidad. En trabajos precarios y basura que sólo alimentan este sistema que nos pone entre la espada y la pared.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Como si le gustara sufrir. Como si no valiera para otra cosa que para quejarse o llorar. Está de moda creer que la pobreza es algo que se han ganado los colectivos más vagos de la sociedad.

Nos culpan de nuestros fracasos, minando nuestra autoestima y haciéndonos creer que no tenemos suficiente talento, que no nos esforzamos lo suficiente, que nunca valdremos para hacer aquello que habíamos soñado. Y, así, poco a poco, consiguen que seamos más volubles. Más frágiles. Más manejables.

Aceptaremos todas las reglas que nos impongan esas personas que nos culpan de no saber jugar las cartas de este sistema. De no sobrevivir a la ley del más fuerte.

Y si no aceptamos las normas del juego, se nos tachará de antisistema. De radicales. Del enemigo. Y sí, somos el enemigo (y las enemigas). El enemigo de quien abusa de su poder para imponer el miedo. Somos el enemigo de quienes quieren un sistema basado en pisotear a las personas y a las necesidades básicas de cada una y uno de nosotros. Para que, quienes mandan, manden cada vez más. Para que quienes tienen dinero, ganen cada vez más dinero.

Somos el pueblo. Y también el enemigo de quien no nos deja entrar en este juego. No somos antisistema. Pensamos de una forma diferente. Pensamos. Buscamos una alternativa.

Es violencia quitarnos el pan. Es violencia quitarnos nuestros derechos. Robarnos nuestros sueños. Robarnos las ganas de trabajar por una realidad diferente.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Pero es una técnica muy habitual en un sistema que intenta imponer las desigualdades como algo merecido y no como un fallo del propio sistema o, más bien, como una injusticia social premeditada. Otro ejemplo muy sencillo: culpar a las mujeres que sufren violencia por no haber denunciado y el seguir aguantando esa situación de violencia.

Pero de este modo, se reduce un problema muy complejo a algo simple que deja de ser un problema para la sociedad -que no para la persona que lo sufre-.  Y, poco a poco, se sigue perpetuando ese poder de los más fuertes, haciendo que quienes se encuentran en una situación difícil tengan cada vez más complicado formar parte de ese sistema.

Es violencia expulsarnos de la sociedad. Es violencia cómo están jugando con el pueblo, convertido ya en esclavo. Intentando convencerle de que no hay más salida que la que nos “proponen” (imponen).

Pero el pueblo está demostrando que no es ignorante. Afortunadamente, esta llamada “generación perdida” es también la más formada y preparada que hemos tenido nunca. Nos podrán quitar todo lo que tenemos, pero no nuestra formación, nuestro esfuerzo y todo lo que hemos aprendido.

No dejemos que nos hagan sentir insignificantes porque no lo somos. Somos muy grandes y no necesitamos la violencia para demostrarlo.


Ni el esclavo ni la mujer habrían podido ser mantenidos, siquiera por la fuerza, en el estado abyecto en que fueron sumidos, sino hubieran sido convencidos poco a poco de su inferioridad.
Martín Sagrera

La doctrina del Shock from alvarezmeo on Vimeo.