La vacuna contra el VPH, el polémico pinchazo

En Uruguay a partir de abril todas las niñas de 12 años podrán solicitar la vacuna contra el VPH. Un producto farmacológico que hasta el momento carga con muchas incógnitas.

  • El cáncer de cuello de útero puede ser causado por más de 100 tipos de VPH. La vacuna comercializada sólo previene dos de ellos.
  • Hasta dentro de varias décadas no se conocerá la verdadera efectividad de la vacuna.
  • En España se han registrado más de 700 casos de reacciones adversas, algunas de ellas muy graves. En septiembre de 2012, una joven de 13 años murió en Galicia tras recibir la segunda dosis de la vacuna contra el VPH.

Con una inversión de 1 millón 200 mil dólares, el Ministerio de Salud Pública (MSP) anunciaba este verano que la vacuna contra Virus del Papiloma Humano (VPH) estará disponible de forma gratuita en Uruguay a partir de abril. No tendrá carácter obligatorio  ni integrará el calendario de vacunación.  La iniciativa, a su vez, estará acompañada de una campaña pública que hará hincapié en la importancia de la realización de un test de Papanicolau como método de prevención del cáncer de cuello uterino.

A pesar del la disponibilidad de la vacuna (que hace tiempo lo está, solo que antes no era gratuita) sus ventajas aún son algo inciertas: existen dudas de cuánto dura su efectividad y hasta dentro de varias décadas no podrá conocerse su verdadero efecto. A esto se le suman los efectos secundarios graves que se reportaron en países como España y Estados Unidos.

 El Virus del Papiloma Humano se transmite por contacto de la piel (no por los fluidos sexuales) durante las relaciones sexuales. “Algunos tipos de VPH tienen capacidad oncogénica, y provocan mitosis sin control, displasia, carcinoma in situ, y cáncer de cuello de útero. El virus es causa necesaria, pero no suficiente. La pobreza, el tabaquismo, y otros factores desconocidos son clave para el desarrollo de la enfermedad”, señala el doctor Juan Gérvas,  médico de Canencia de la Sierra, Garganta de los Montes y El Cuadrón de Madrid, en un artículo de la revista española MYS, y agrega: “En la mayoría de los casos la infección se elimina por medios naturales, espontáneamente. Importa la infección que se mantiene por más de dos décadas. La infección permanente es lenta, pues lleva hasta diez años para producir lesiones precancerosas, y otros diez años para producir carcinoma in situ”.

De las más 100 cepas que hay de VPH, solo 12 pueden desarrollar un cáncer y menos del 1% de los casos de infección llega a convertirse en cáncer. Que una mujer se infecte con el virus no significa que vaya a tener cáncer de cuello uterino.

Por otro lado, en lo que respecta a la vacuna comercializada, no es efectiva contra todos los serotipos cancerígenos: sólo actúa contra el VPH-16 y el VPH-18 (que se vinculan mayormente con algunos tipos de cáncer uterino) y contra los serotipos HPV-6 y HPV-11 (que producen las verrugas genitales).

En un comunicado a los equipos de salud el MSP informa que hasta el momento, la información sobre el beneficio de esta vacuna “se basa en estimaciones de los resultados sobre las lesiones pre malignas y no sobre el cáncer en sí mismo”. En el mismo documenta la cartera de salud explica que “es importante destacar que los países que han disminuido francamente el CCU[cáncer de cuello uterino], lo han hecho mediante la universalización de la prevención integral con mucha anterioridad a la incorporación de las vacunas contra el VPH”.

Por su parte, la ginecobstetra Giselle Tomasso, asesora técnica del MSP, en una entrevista con el programa de radio No Toquen Nada asegura que  “el argumento a favor de la vacuna es que previene las lesiones y seguramente prevenga el cáncer, pero en medicina no todo se resuelve por propiedades transitivas. Decir hoy que la vacuna del VPH previene cáncer no es verdad. Puede ser probable, pero no es seguro. En otras intervenciones en salud hemos presumido esto, como pasó con los antiarrítmicos, que pensamos que prevenían las muertes por infarto. Los dimos y la gente se moría más. No siempre en medicina dos más dos es cuatro” y sostiene que si se toma en cuenta esto y la evidencia que hay sobre los efectos secundarios graves, “como muerte súbita, convulsiones, enfermedades neurológicas y trombosis, no es recomendable dar la vacuna”.

El caso de España

La vacuna contra el Virus del Papiloma Humano se incluyó en el calendario oficial de vacunas de España en 2007. En aquel momento, el medicamento apareció en los medios de comunicación como el milagro ante el cáncer de cuello de útero. Ya entonces, asociaciones y profesionales de la salud firmaron el manifiesto “Razones para una moratoria en la aplicación de la vacuna del VPH en España” alertando de sus posibles efectos adversos, de los costes que supondría para la sanidad pública y del escaso conocimiento sobre la efectividad de la vacuna.

Según la Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma y especialistas de la medicina como Carme Valls, las últimas investigaciones realizadas en España revelan que los serotipos 16 y 18 sólo producen alrededor del 30% de los casos de muerte por de cáncer de cuello de útero[1]. Por tanto, la efectividad de la vacuna en el contexto español es muy limitada.

En 2009, dos jóvenes valencianas fueron ingresadas de urgencia en el hospital tras recibir la segunda dosis de Gardasil, la marca de la vacuna contra el VPH. Estas adolescentes sufrieron crisis convulsivas severas y estuvieron hospitalizadas durante varios meses sin tener un diagnóstico claro. Aunque las instituciones sanitarias no han ofrecido mucha información al respecto, hasta enero de 2012, hay notificados 737 efectos adversos en España, algunos de ellos, muy graves. La Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma (AAVP) trabaja para que se retire esta vacuna del sistema sanitario español y reclama al gobierno un fondo de compensación para las personas afectadas por la vacuna.

Alicia Capilla, vicepresidenta de la AAVP y madre de una de las jóvenes afectadas explica que lo más duro fue no saber qué le sucedía a su hija: “Si a una persona le ocurre un accidente o tiene una enfermedad grave, pero sabes qué es, puedes seguir un tratamiento y luchar contra ello. Pero el problema es que no sabían cómo tratar ni a la otra niña ni a mi hija y cada día nos decían una cosa distinta”.

El personal sanitario no conocía cuáles eran los posibles efectos adversos de una vacuna que se estaba (y aún se está) suministrando de forma generalizada a adolescentes españolas. “Sin embargo, tras investigar y ponernos en contacto con médicos que ya habían hablado de la inseguridad de esta vacuna, nos dimos cuenta de que todo lo que les estaba ocurriendo a nuestras hijas, estaba dentro del cuadro de efectos secundarios de la vacuna recogidos en los Informes Vaers[2]“, afirma Alicia Capilla. ¿Por qué esta información no se conocía en España? ¿Por qué se sigue negando la relación entre la vacuna y los síntomas que sufren las adolescentes?

En septiembre de 2012, una niña de 13 años murió en Galicia por una crisis asmática tras recibir la segunda dosis de la vacuna contra el VPH. Como explica Teresa Forcades, médica y doctora en salud pública, “el riesgo de morir debido a la vacuna del papiloma es menor que el de morir por el cáncer de cuello de útero, pero hay una diferencia esencial: las que mueren o se quedan inválidas de por vida debido a la vacuna son chicas jóvenes y sanas que mueren por culpa de una intervención de salud pública recomendada por las autoridades sanitarias. Las que mueren por el cáncer de cuello de útero son mujeres mayores que si tuvieran acceso al test de Papanicolau seguramente no morirían“[3].

Teresa Forcades apunta otro hecho relevante: Merk, la compañía farmacéutica que fabrica la vacuna Gardasil, ya fue condenada en Estados Unidos por haber escondido información sobre la seguridad del antiinflamatorio Vioxx, que causó la muerte de más de 3.000 personas. Todos estos datos hacen reflexionar sobre la medicalización excesiva y el negocio de las farmacéuticas. ¿Estamos ante una cuestión de salud o un negocio?

Sea de un modo u otro, la decisión de vacunarse debe estar sometida a una información previa y al conocimeinto de padres, madres y adolescentes sobre la realidad de la enfermedad, las ventajas y posibles efectos adversos de la vacuna y otras alternativas menos agresivas y más económicas contra el cáncer. Por ello, las autoridades sanitarias deben encargarse de ofrecer todo tipo de información y estar preparadas para los efectos adversos que pudieran producirse, aún siendo un porcentaje bajo.


[1] Esta información puede consultarse en la página web de la AAVP (http://www.aavp.es/) y del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (http://www.caps.cat)

[2] VAERS: siglas en inglés del Sistema para Reportar Reacciones Adversas a las Vacunas. Se encarga de hacer seguimiento a la seguridad de las vacunas después de que éstas han sido autorizadas.

[3] Teresa Forcades. “Una reflexión y una propuesta en relación a la vacuna del Virus del Papiloma Humano”. AMHB. Noviembre de 2012, Barcelona. En línea: [http://www.amhb.net/web/images/stories/docs/teresa%20forcades%20cast.pdf.pdf]

Publicación original en Cotidiano Mujer. Número 47, marzo de 2013. Uruguay.

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Situaciones insostenibles


La imagen del poder

Foto del encuentro de los grandes empresarios con el Rey para buscar salidas a la crisis

¿Quién dijo igualdad?

 

 


(e/in)migraciones

Somos hijas, nietos, nietas de emigrantes. De inmigrantes. De personas que viajaron para poder sobrevivir. Mi abuela nació en Francia cuando su madre y su padre se fueron allí a vendimiar. Después, volvieron al pueblo, a Salamanca. Pero la vida no era nada fácil. En tiempos en los que sólo existían las cartas y las distancias eran mucho más lentas y difíciles, mi abuela, con 14 años, se fue sola desde un pueblecito de Salamanca a Valencia.

Son  historias con las que hemos crecido y que parecían lejanas. ¿Quién no ha escuchado hablar sobre tío que se marchó a Cuba y nunca más se supo de él?

Ahora, mi generación, la generación perdida, escapa también de este país. Afortunadamente, tenemos muchos medios para seguir manteniendo el contacto con las personas que queremos, estén en el lugar que estén. Pero, evidentemente, el miedo y la soledad siguen pesando en la distancia. Emigrar, irse lejos, no es nada fácil y, además, hacen falta recursos para ello.

Somos descendientes de emigrantes. Personas que llegaron a algún lugar siendo inmigrantes. Trabajaron duro para volver a España, para mantener una familia, para seguir adelante. Ahora, mi abuelo, que trabajó desde los siete años, me mira diciéndome que la juventud de ahora tiene las cosas complicadas. Dice que su generación fue de mal a bien y que la nuestra va de bien a mal.

Yo, como tanta otra gente, estoy a punto de irme con lo puesto a la otra punta del mundo. Aún no sé muy bien qué será de mí, ni dónde acabaré. Pero me voy.

Me está asfixiando este aire. Desde hace mucho. Mucho tiempo. Estoy agotada. A mis 27 años estoy agotada. Y quiero coger la energía que me queda para irme lejos, para empezar, para buscar, para encontrar, para conocer y para vivir.

Voy a ser emigrante. Voy a ser inmigrante. Como miles y miles de personas de este país. De este país que está negando la sanidad a quienes vinieron aquí buscando una salida a una situación complicada. Seguramente, bastante más que la mía. Pero la hipocresía es así. Seguramente, quienes niegan la sanidad a personas inmigrantes tienen la suerte de poderse pagar un seguro privado. Estén en España o fuera de España.

Pero, quizás, no se den cuenta de que pueden pagarse ese seguro privado gracias al trabajo y el esfuerzo que hicieron muchas y muchos españoles que migraron en los años 40, 50 y 60. Quizás, no se den cuenta de que todas las personas, en todos los lugares, alguna vez en la vida, tienen que emigrar. Moverse, luchar y pelear para salir adelante. Para poder vivir.
Voy a ser inmigrante. Soy española. Soy europea. Soy blanca. De clase media y con estudios. Voy a ser inmigrante. En algún lugar de este mundo, voy a ser inmigrante.

Hasta ahora, nunca me ha faltado la comida, la casa y la ropa. Pero con 27 años no puedo empezar una vida independiente. Estoy cansada. Harta. Harta de esa gente que quita la salud a quienes vinieron aquí a buscar una salida. Harta de esa gente que quita la salud a personas migrantes porque simplemente creen que no merecen vivir.

Y no me pongan excusas. Es así. Creen que no tienen derecho a vivir. Aquí no les dejan ir al médico y lo único que quieren es que vuelvan al lugar del que vinieron. No les importa si huían de una guerra, de la violencia o del hambre. Simplemente, aquí, les sobran. A pesar de que abran las fronteras al capital. El dinero puede pasar, pero las personas se tienen que quedar fuera.

Es gracioso que nos manden a Laponia mientras no les importa un carajo la vida de las personas que vinieron aquí haciendo lo mismo que hicimos y que estamos haciendo tantas personas españolas.

Pero, no os preocupéis. Algún día, nos encontraremos camino de Laponia.


Unos pocos euros

En España, más de cinco millones de personas estamos en el paro. Se dice pronto: la tasa de desempleo ha llegado al 23,6%. De esta gran parte de la población sin empleo, cuatro de cada diez personas no recibe ninguna prestación ni subsidio.

Nos dicen que luchan por el derecho a la maternidad mientras nos suben las horas de la jornada laboral y nos bajan los sueldos. Nos quitan, además, el derecho a enfermar. Y el despido es más fácil que nunca.

Nos dicen que no va a bajar la calidad en la enseñanza mientras anuncian que han decidido hacinar a más de 30 estudiantes por clase y no sustituir a profesores y profesoras que tengan una baja menor a diez días. Así que el próximo curso, muchos interinos no tendrán empleo.

Entre una cosa y otra… ¡qué aficiones tiene nuestro monarca! Nos enteramos de que el rey se ha ido a cazar elefantes y que se ha gastado un dineral. Una cifra que a mí se me escapa. Que nunca he tenido y que, a este paso, no ganaré ni juntando todos los años de mi vida laboral. Porque soy una de esas jóvenes (ya no tan joven) a punto de marcharse a Laponia.

Al menos, tuve la suerte de poder estudiar una carrera universitaria. Si tuviera que empezar a estudiar el próximo mes de septiembre, no sé si podría hacerlo. Nos van a subir las tasas hasta un 66% porque antes pagábamos muy poco.

Y, ¿cómo esperan que ahora, en estos momentos en el que no tenemos ni dinero ni trabajo, podamos pagar aún más por la matrícula de la universidad?

Penalizarán a estudiantes que suspendan. ¿Y cómo harán para pagar la universidad quienes no tengan beca? Porque son muchas las razones por las que estudiantes de la universidad suspenden asignaturas… una de ellas es que, como tenemos la mala costumbre de comer todos los días, hay quien además de estudiar tiene que trabajar.

Pero bueno, ahora eso ya no será un problema porque tampoco hay empleo…

Nos llamaban generación ni-ni, echándonos la culpa de que no queríamos hacer nada, ni estudiar ni trabajar. Ahora parece que es la única opción que están dando a esta sociedad…

Esta sociedad por la que tanto han luchado (y siguen luchando) esas mujeres y hombres a quienes estamos robando la salud. A quienes se les está bajando las pensiones a través de la sanidad.

Pero seamos realistas, son sólo cuatro cafés a dos euros. Son sólo unos pocos euros…

Unos pocos euros… ¡¡¿comparado con qué?!!

¿Con el sueldo de Rajoy?

¿Con lo que ha pagado el Rey Don Juan Carlos para matar elefantes? Entonces sí que son unos pocos euros…

¡Ay! ¡Qué relativo es todo! Hay quien no tiene dinero para cuatro cafés al mes, mientras que para otra gente irse a cazar elefantes son sólo unos pocos euros.

Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con lo que gana el rey al año. Son sólo unos pocos euros si lo comparamos con los sueldos de quienes no han notado la crisis. Con el dinero que se ha llevado la banca causante de la crisis. Con los que se lleva cada año la Iglesia de nuestros impuestos.

Pero no importa el dineral que se haya gastado el rey. Ya ha pedido perdón. Todo olvidado. Es buena gente. Qué gesto de humildad. Con esa voz temblorosa y esa mirada triste pidiendo perdón al pueblo…


Por si todo esto fuera poco, para que permanezcamos en silencio y aceptemos cada uno de sus abusos de poder, intentan criminalizar nuestras protestas en la calle. Y aún hay más: anuncian que volverán a controlar la radio y la televisión pública. Porque, por lo visto, también son medidas para acabar con la crisis.

Todo esto en un par de semanas.


Es violencia

Está de moda culpar a las personas desempleadas de no tener empleo, de no esforzarse, de no haber estudiado lo suficiente, de haber estudiado demasiado (y gratis), de aprovecharse de las ayudas públicas, de ser parásitos, de no irse a Laponia a trabajar porque es más cómodo y fácil quedarse en su barrio, de banco en banco, sin hacer nada.

Es la estrategia más cruel para atrapar a las víctimas en el miedo en la incertidumbre, en la culpabilidad. En trabajos precarios y basura que sólo alimentan este sistema que nos pone entre la espada y la pared.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Como si le gustara sufrir. Como si no valiera para otra cosa que para quejarse o llorar. Está de moda creer que la pobreza es algo que se han ganado los colectivos más vagos de la sociedad.

Nos culpan de nuestros fracasos, minando nuestra autoestima y haciéndonos creer que no tenemos suficiente talento, que no nos esforzamos lo suficiente, que nunca valdremos para hacer aquello que habíamos soñado. Y, así, poco a poco, consiguen que seamos más volubles. Más frágiles. Más manejables.

Aceptaremos todas las reglas que nos impongan esas personas que nos culpan de no saber jugar las cartas de este sistema. De no sobrevivir a la ley del más fuerte.

Y si no aceptamos las normas del juego, se nos tachará de antisistema. De radicales. Del enemigo. Y sí, somos el enemigo (y las enemigas). El enemigo de quien abusa de su poder para imponer el miedo. Somos el enemigo de quienes quieren un sistema basado en pisotear a las personas y a las necesidades básicas de cada una y uno de nosotros. Para que, quienes mandan, manden cada vez más. Para que quienes tienen dinero, ganen cada vez más dinero.

Somos el pueblo. Y también el enemigo de quien no nos deja entrar en este juego. No somos antisistema. Pensamos de una forma diferente. Pensamos. Buscamos una alternativa.

Es violencia quitarnos el pan. Es violencia quitarnos nuestros derechos. Robarnos nuestros sueños. Robarnos las ganas de trabajar por una realidad diferente.

Es violencia culpar a una víctima de su desgracia. Pero es una técnica muy habitual en un sistema que intenta imponer las desigualdades como algo merecido y no como un fallo del propio sistema o, más bien, como una injusticia social premeditada. Otro ejemplo muy sencillo: culpar a las mujeres que sufren violencia por no haber denunciado y el seguir aguantando esa situación de violencia.

Pero de este modo, se reduce un problema muy complejo a algo simple que deja de ser un problema para la sociedad -que no para la persona que lo sufre-.  Y, poco a poco, se sigue perpetuando ese poder de los más fuertes, haciendo que quienes se encuentran en una situación difícil tengan cada vez más complicado formar parte de ese sistema.

Es violencia expulsarnos de la sociedad. Es violencia cómo están jugando con el pueblo, convertido ya en esclavo. Intentando convencerle de que no hay más salida que la que nos “proponen” (imponen).

Pero el pueblo está demostrando que no es ignorante. Afortunadamente, esta llamada “generación perdida” es también la más formada y preparada que hemos tenido nunca. Nos podrán quitar todo lo que tenemos, pero no nuestra formación, nuestro esfuerzo y todo lo que hemos aprendido.

No dejemos que nos hagan sentir insignificantes porque no lo somos. Somos muy grandes y no necesitamos la violencia para demostrarlo.


Ni el esclavo ni la mujer habrían podido ser mantenidos, siquiera por la fuerza, en el estado abyecto en que fueron sumidos, sino hubieran sido convencidos poco a poco de su inferioridad.
Martín Sagrera

La doctrina del Shock from alvarezmeo on Vimeo.


El aire de la calle

Estoy en una sala de color rojo. La música está muy fuerte. Esto no parece una oficina normal. Se va juntando cada vez más gente en esta sala. Hace calor. Nos miramos intentando hacer que no nos miramos. Disimulamos las miradas. Pero pensamos lo mismo. Sabemos que esto no pinta nada bien. Nos llaman de uno en uno. Mientras, el resto, espera que llegue su turno.

Sabemos que de ahí no va a salir nada. Pero estamos con nuestro currículum y la esperanza de que no sea una oferta de empleo basura.

Pienso en si alguien pensará que somos rivales. En si, de verdad, alguien pensará en que es una oferta de empleo de verdad importante.

Yo repaso, una a una, las caras de cada persona. La ropa. La ropa que eligieron para la entrevista de trabajo. Cómo llevan su currículum. Las zapatillas. Los zapatos. El folio doblado. El optimismo. El cansancio. La resignación. La desgana.

No somos rivales. Estamos en el mismo barco. En el de las personas en búsqueda de lo que sea, de lo que salga.

Y sé, que cada una de esas personas –yo también- vale mucho más que ese puesto fantasma. Me río por dentro. Me río por no llorar.

Mientras tanto, fuera, en las calles, jóvenes protestan por la carga policial a menores que el día anterior se manifestaron por los recortes en educación. Me crucé la manifestación mientras iba a la entrevista. No había mucha gente, pero parecía que se iban uniendo cada vez más personas.

¿Qué mundo es este?

Apunto en un formulario mis datos personales. Mis estudios. Mis últimas experiencias.

Me recuerda a los formularios que rellenaba cuando aún era estudiante y buscaba un trabajillo para sacarme algo de dinero.

Ahora tengo 27 años. Una licenciatura que parece que no sirve absolutamente para nada y un máster que nadie valora. He trabajado en Valencia, en Madrid, en Bologna, en la sierra de Salamanca. Me he adaptado a trabajos y funciones muy diversas. He colaborado y colaboro con asociaciones y publicaciones sociales y sigo buscando nuevos proyectos de los que formar parte.

Salgo a la calle a protestar por las cosas que creo injustas. Protesto por Internet. Me quejo.

Me da igual ya que mis opiniones se sepan de forma clara. Hace tiempo que dejé de creer que los periodistas y las periodistas no podemos tener un punto de vista y una opinión. Me da igual si no me contratan en un puesto de trabajo por mi opinión, por mi activismo, por mis ganas de luchar contra una situación social que nos está ahogando.

En estos momentos, las ideologías han trascendido. Ahora luchamos por el derecho a vivir. Pan, casa, destino, camino.

El aire se hace irrespirable en esta sala roja. La cristalera está sucia. Una chica rubia y alta que trabaja en esa extraña empresa sonríe a cada persona que entra. Preguntan por Sara. La música está muy fuerte. Ella canta. Los Cuarenta Principales a todo volumen.

Parece que la espera va para largo. Abro el libro que llevo en el bolso y empiezo a leer. No consigo concentrarme con esa música. Con esa atmósfera asfixiante.

Por fin me llaman. Me llevan a una sala casi vacía. Sólo una mesa y un portátil. Un hombre me intenta explicar de qué va el trabajo. No habla muy bien español y casi no consigo entender sus palabras. Coge mi currículum. Es la primera vez que lo ve. Casi no le presta atención. No importa el tiempo que dedicara a elaborarlo.

Me explica cosas que no tienen sentido. Me hace preguntas que no tienen sentido. Habla de crecimiento, de avanzar en la compañía. Me habla de la factura de la luz. De la energía. De ahorrar dinero. Escribe por detrás de mi currículum y me hace un esquema del funcionamiento de esa empresa. Una empresa que no se dedica a nada. Me habla de tener una empresa propia en seis meses. Le pregunto sobre mis funciones y sobre el puesto de trabajo que supuestamente están ofreciéndome. Habla. Habla. Habla sin parar. No dice nada.

Me llamará sobre las siete de la tarde para decirme si he sido seleccionada. De ser así, mañana tendría una prueba que durará todo el día.

A mí no me importa. Sabía de antemano que era una oferta trampa. Otra oferta más en la que hablan de comunicación cuando quieren decir comercial sin sueldo ni oficina.

Me marcho sonriente. Por dentro, tengo ganas de llamarles de todo. De gritar.

Salgo de aquel despacho vacío. Miro a toda la gente que está en la sala de espera. Me dan ganas de decirles: no perdáis vuestro valioso tiempo, salid a la calle. Por lo menos, hay aire.

Me voy. Sonrío a aquella mujer rubia que cantaba.

Salgo a la calle y respiro por fin. Con ganas de llegar a casa, ponerme cómoda y descansar. Al llegar a casa, en Internet hablan de la manifestación que me crucé al medio día. Parece que se ha convertido en multitudinaria.

Acaba de sonar el teléfono. Parece que me han seleccionado. No tengo un duro. Pero aún me queda algo de dignidad para ir tirando.

La gente sigue manifestándose. Y seguiremos haciéndolo.

Todo mi apoyo a los menores, jóvenes, familias, profesores y profesoras que se han manifestado. A veces, tengo la sensación de vivir todo esto como si fuera mentira…

Para quien no sepa muy bien de qué va el tema de la manifestación: #IESLluisVives