La plaza del pueblo

Las ciudades y los pueblos son estructuras que muestran la forma de organizar nuestras necesidades del día a día. Dentro de ellas, la plaza ocupa un lugar central. Es el reflejo urbanístico de las relaciones humanas.  Las plazas nos dicen que somos seres sociales, que necesitamos encontrarnos, hablar, comunicarnos y relacionarnos. Pero en las relaciones sociales hay reglas. Por eso, las plazas pueden convertirse en un escaparate de lo permitido y de lo no permitido.

Tal vez, en muchas grandes ciudades, las plazas sean ya más un centro turístico que un punto de encuentro entre las personas que habitan ese lugar. Sin embargo, en los pequeños pueblos las plazas siguen siendo un lugar clave. El lugar donde en invierno no se ve a casi nadie, pero donde en verano los niños y niñas juegan, donde las personas mayores se sientan a ver la tarde pasar y hablar de la vida y, por supuesto, es el lugar en el que se celebran las fiestas patronales. Las verbenas, los bailes tradicionales, los juegos, las comidas y meriendas populares. Pero nuestra sociedad cambia. Cambiamos. Y el escaparate de lo permitido también ha de hacerlo a pesar de las resistencias que existen.

La semana pasada, viví una amenaza a esta cultura popular que me encantó. Por primera vez, vi dos parejas gays en la plaza de mi pueblo. Estaban bailando en la verbena de las fiestas sin ningún reparo, sin esconderse, sin ocultarse. ¡No se me ocurre mejor lugar para reivindicar la igualdad! Allí, junto a gente mayor, jóvenes, matrimonios, niños y niñas, adolescentes… gente de todo tipo que ya deberían saber que la homosexualidad existe y es tan natural como la heterosexualidad.

Sin embargo, sé cómo es este lugar y, muy pronto, pensé en que iban a ser la comidilla de las fiestas. Y así fue. La verdad es que yo no me fijé en su forma de bailar, no me llamó la atención especialmente porque creo que todo el mundo estaba disfrutando, bailando, cantando, riendo y pasándolo bien. Sin embargo, al día siguiente, en el típico “comentario de texto” que suele acompañar al café de la tarde, no tardó en salir el tema. Escuché de todo y en todas partes. Gente de todas las edades y formas de pensar. Tras esos bailes desfogados en la plaza, pasaron a ser “las locas” de las fiestas. Pero, además, había otra cosa peor: ¡Se habían besado! Por lo visto, un niño preguntó a su madre por qué se besaban dos chicos y no supo contestarle. Increíble: “¿cómo se les ocurre enrollarse en plaza del pueblo con niños delante?”

Este es un pueblo pequeño. Tradicional. Cambiar las ideas es algo muy complicado, pero cuando chocas con gente joven que sigue pensando así, la cosa ya se pone muy fea. Aquí, los hombres “se van de putas” todas las semanas y se saben otras cosas mucho peores de las que nadie habla. A esos hombres se les trata como si no hicieran nada “moralmente incorrecto” porque son hombres ejerciendo de hombres y, de algún modo, se  les permite que hagan estas cosas porque están manteniendo viva su masculinidad.

Sin embargo, la homosexualidad es una amenaza para el “hombre” y se deja ver en nuestra cultura popular con comentarios degradantes y machistas. Es curioso que, muchas veces, sean los mismos hombres quienes, queriendo dejar patente su heterosexualidad, vean en los gays una amenaza y tengan miedo de ser hasta violados por cualquier homosexual. Casos como el asesinato de Isaac y Xulio y, sobre todo, la sentencia judicial , lo muestran de forma clara.

Este miedo puede estar relacionado con la idea que explica Bourdieu en su libro La Dominiación Masculina (2000), donde habla sobre el poder en las relaciones homosexuales, en las que la pasividad es vista como “la peor humillación para un hombre” porque consiste “en verse convertido en mujer” (página 36). Es en este juego de dominación donde la homosexualidad es convertida en una amenaza para el hombre heterosexual machista porque pierde el poder que su naturaleza le había otorgado. Vamos, que teniendo en cuenta que los mismos hombres tienen miedo a que haya hombres que puedan tratarlos como si fueran una mujer, deberíamos estar encerradas en cualquier lugar alejado de los machos que no pueden contener sus impulsos sexuales por su naturaleza viril. Esto también me recuerda a la famosa frase de Catherine Mackinnon (1995) que afirma que “poder ser violada, posición que es social y no biológica, es lo que define a una mujer” (página 319).

Pero ahí estuvieron esas “locas”, demostrando su fuerza como hombres que no amenazan a nadie y transgrediendo la cultura patriarcal tradicional que aún se agarra a todos los símbolos que nos envuelven. Sin embargo, tras el momento transgresor, en el que la gente se sorprende, habla, cotillea e insulta, parece que llega una fase de en la que se “acostumbra” a su presencia por el pueblo. Sí, van a seguir siendo la comidilla durante este verano (y tal vez alguno más), pero creo que ha sido un gran paso para un entorno como este y, una vez pasadas las fiestas, ahí están en su día a día, haciendo su trabajo, tomando el café en el bar, dando paseos por el pueblo y mostrando su amor libremente, como cualquier otra pareja del pueblo. Luchando por sus derechos con naturalidad.

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Cultura, poder y feminismo

Hace unos días, me decidí a crear este espacio donde publicar diferentes artículos con perspectiva de género. Quiero abordar muchos temas y recuperar algunos textos que empiezan a quedar guardados entre carpetas viejas y que, probablemente, nadie leerá si no los publico aquí. Sin embargo, me cuesta saber por dónde empezar. Quizá lo más acertado sea hablar de la relación entre cultura, poder y feminismo y, también, explicar qué tienen que ver los medios de comunicación en todo este caos.

En primer lugar, empezaré definiendo el concepto de feminismo de una forma muy simple y dejando de lado las diferencias entre las teorías feministas que espero abordar con más detenimiento en otras entradas. De momento, sólo quiero aclarar que “feminismo y machismo” no es un binomio de palabras opuestas. El feminismo es el movimiento que quiere conseguir la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Quizás a muchas personas feministas les resulta algo insustancial tener que hacer esta aclaración, pero me he encontrado con tanta gente (especialmente joven) que cree que el feminismo quiere acabar con todos los hombres, que cada día me parece más importante repetirlo por todas partes.

Por otro lado, a pesar de que el concepto cultura también ha variado -y lo continúa haciendo- a lo largo de la historia, éste sigue vinculado de forma muy estrecha al poder y a lo político y, por tanto, a lo masculino. Hemos de diferenciar dos formas de hablar de cultura. Por un lado, hablar de “una cultura” es el equivalente a hacerlo de una sociedad concreta, un grupo de seres humanos que pertenecen a un mismo lugar y que se relacionan y comparten una serie de rasgos que los identifican como pueblo o comunidad. Por otro, cuando hablamos de “la cultura”, hacemos referencia a aquellos conocimientos y/o comportamientos que se le atribuyen a alguien calificado como “culto”.

Este significado está muy relacionado con la figura del humanista, las élites y la existencia de unas clases sociales más altas que otras. De este modo, la cultura está en el poder y el poder ha de ser de las personas cultas. A su vez, esta jerarquía de clase se da en comunidades donde las mujeres ni siquiera forman parte de esta jerarquía. Simplemente acompañan a los hombres de su familia, pero no son consideradas, en ningún momento, individuos cultos.

Si además, partimos de que estas desigualdades entre mujeres y hombres se basan en una construcción social, es fácil adivinar que nuestra cultura tienda a justificar, de diferentes modos, dicha desigualdad. Es aquí donde los medios de comunicación, entre otros, adquieren una importancia muy grande.

La cultura no es algo homogéneo, sino todo lo contrario. Esta complejidad cultural y social es la base de unas estructuras jerárquicas que ordenan el mundo. Por ello, aunque consideremos una cultura heterogénea, no podemos olvidar que existe una cultura patriarcal dominante que ordena el resto de subculturas y/o grupos sociales. Como explica Pierre Bourdieu, en nuestra sociedad existe un inconsciente androcéntrico a través del que ordenamos el mundo. Esto significa que esa cultura dominante ligada al poder asienta sus bases en una estructura social que naturaliza la división de roles y de jerarquías sociales, en la que los hombres son la norma y las mujeres son la excepción, lo otro. En palabras de Bourdieu:

“la fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla” (2000, p.22).

Precisamente esta visión androcéntrica que define Bourdieu no deja de ser la base de la violencia simbólica, una forma más de las que adquiere la violencia de género. El peligro de la violencia simbólica radica en que, la mayoría de las veces, pasa desapercibida por el hecho de estar arraigada a la cultura, a nuestra cultura y nuestra sociedad y, por tanto, a una parte de nosotros y nosotras. Este tipo de violencia no es más que la justificación de la violencia física contra las mujeres y, por ello, no podemos dejar de estudiar las diferentes formas que la violencia simbólica. Se trata de la forma más sutil de justificar las agresiones contra las mujeres y, por tanto, la más peligrosa, pues pasa por nuestro lado sin darnos cuenta. No nos alerta, no la vemos y, sin embargo, es donde se sustenta y de donde nace la violencia de género.

Por todo ello, feminismo ha de abordar todos los ámbitos de la realidad por una razón evidente: el machismo se ha apoderado durante toda nuestra historia de cada resquicio de nuestra cultura. Lo ha conseguido hasta tal punto que muchas veces no somos capaces de darnos cuenta de su presencia –también para todas aquellas feministas que miramos la realidad con esas famosas gafas de género-.